Capítulo 9: Estudiantes y universitarias españolas: carne fresca para el burdel
Si las mencionadas conductas (inducción a la prostitución) se realizaren sobre persona menor de edad o incapaz, para iniciarla o mantenerla en una situación de prostitución, se impondrá al responsable la pena superior en grado a la que corresponda según los apartados anteriores.
Código Penal, art. 188, 3 (Modificado según Ley Orgánica 11/2003, de 29 de septiembre)
Mi primer contacto personal con Sunny fue a través del teléfono. Lo recuerdo perfectamente, porque de la impresión, me caí de la cama en la habitación del hotel. Cuando aquella mañana sonó el móvil, esperaba escuchar cualquier cosa antes que aquella voz profunda, grave y casi gutural.
—Diga. —¿Antonio? Soy Sunny, el... primo de Julieta —el boxeador utilizaba el nombre «profesional» de Susy.
—¿Qué? ¿Cómo? —Estoy en la recepción de tu hotel. Sentí un brote de pánico. ¿Por qué estaba Sunny en la recepción de mi hotel si habíamos acordado vernos al día siguiente? ¿Le habría advertido alguien que un blanco estaba haciendo demasiadas preguntas en Murcia? ¿Me habría delatado alguna de mis fuentes? Aquella situación no estaba prevista y me había cogido con las defensas bajas. Así que intenté ganar tiempo a toda costa.
—Ah, ya. Pues, hola, Sunny, encantado de conocerte. Pero verás, ahora no estoy en el hotel. Estoy en El Corte Inglés comprando un regalo para el hijo de... tu prima.
—No importa, yo esperaré aquí a ti.
El puñetero negro me lo estaba poniendo difícil. Si se plantaba en la recepción del hotel no podría salir del edificio sin ser descubierto. Maldije mi propia imprudencia. Siempre he dicho que el buen infiltrado debe mentir lo imprescindible. Es importante decir la verdad siempre que sea posible, de lo contrario nuestras propias mentiras se volverán contra nosotros, restándonos capacidad mental y agilidad. Ahora tenía que salir del hotel sin ser visto, y regresar por la puerta principal con un regalo para el hijo de Susana.
Corté la comunicación diciendo que le llamaría en un minuto.
Necesitaba pensar. Consulté el plano del hotel que se encuentra en todas las habitaciones. Buscaba salidas de emergencia, alguna puerta trasera que me permitiese salir del edificio y regresar por la puerta principal, pero eso llamaría la atención de todos los empleados. No podía meterme en la cocina o desprecintar una puerta de emergencia sin que todo el personal se quedase con mi cara y mi extraño comportamiento. Incluso podría saltar alguna alarma, lo que también alertaría al traficante.
De pronto me di cuenta de que aquel pánico me estaba obnubilando el juicio. Yo había vigilado la casa del traficante y lo había seguido por media Murcia, pero Sunny no me conocía a mí. No me había visto nunca. Simplemente podía bajar a la recepción y pasar delante de él sin mirarle a los ojos, como si fuese un inquilino más del hotel. Si controlaba los nervios no tenía por qué darse cuenta.
Ya había llamado el ascensor para poner en práctica mi plan, cuando mi móvil sonó de nuevo. Había surgido un imprevisto y Sunny tenía que salir inmediatamente hacia Alicante, para atender unos negocios. Posponía nuestro encuentro para el día siguiente. Me dejé caer pesadamente sobre las escaleras como una marioneta cuyos hilos acaban de ser cortados con una tijera y respiré aliviado. Ahora tenía veinticuatro horas para prepararme, y sobre todo para tener claro mi plan.
No existía ninguna manera de averiguar si Sunny sospechaba de mí. Desde luego, si desconfiaba, no había dicho nada que expresa se esa suspicacia, sin embargo, su tono de voz no era en absoluto tranquilizador. De todos modos, lo que más me inquietaba no era tanto la corpulencia física de Suny como su astucia. Evidentemente no menospreciaba los puños del boxeador, pero consideraba mucho más peligrosa la inteligencia que en muchas ocasiones había demostrado. No hacía mucho que Susy me había contado que cuando ella dio a luz el día 19 de junio del año 2001, recién llegada a las costas de Algeciras en una patera llena de inmigrantes, Sunny se presentó en la casa de acogida disfrazado de sacerdote. Con un alzacuellos y una Biblia tan falsos como su fe, consiguió hacerse pasar por un religioso compasivo que atendería a su paisana nigeriana. Susy salió así de la casa de acogida con destino a las calles de Murcia, donde comenzaría a ejercer la prostitución, mientras Sunny se ocupaba de custodiar a su hijo cuando la joven madre ganaba dinero para él.
Estudiantes de día y rameras de noche
Esa noche volvía al Pipos. Quería volver a interrogar a la amiga de Ruth que me había dado las primeras pistas sobre el burdel de alguien relacionado con Gran Hermano. Y para mi sorpresa, por primera y única vez en el transcurso de esta investigación, conocí a una prostituta española trabajando en un club. Naturalmente, no es que no existan más, pero es un dato a tener en cuenta que después de los meses que llevaba visitando burdeles de toda España, fuera la primera vez que encontrara a una prostituta española en un club de carretera. Se llama Yolanda y es una estudiante de veintidós años. Costó algún tiempo convencerla, pero finalmente congeniamos y accedió a contarme su historia con pelos y señales.
Yolanda, Yola para los clientes, nació en un pueblecito extremeño, en el seno de una familia tan humilde como numerosa. A los catorce años pasó por una experiencia traumática que marcaría toda su vida: fue violada, según su relato, y supongo que víctima de la vergüenza —que en todo caso debería sentir el violador, algo se rompió en su interior. Comenzó a coquetear con las drogas y al cumplir la mayoría de edad se marchó a la gran ciudad para buscarse la vida. Como le encantaba bailar y poseía un buen cuerpo, pronto encontró trabajo como go-go de discoteca y más tarde, como stripper. Pero un buen día decidió dar un paso más.
Muchas estudiantes españolas han especulado alguna vez con el mundo de la prostitución. En sus conversaciones íntimas, entre amigas, se han preguntado cómo sería ese mundo. Yola también. Aquel día, envalentonada por una amiga tan curiosa como ella —las estudiantes españolas prostituidas que he conocido empezaron igual—, decidió telefonear al número de un anuncio de prensa. Buscaban camareras para un local de alterne, se prometían generosos sueldos y un trabajo cómodo. Así es cómo Yola y su amiga empezaron a trabajar en un burdel catalán donde, en poco tiempo, se atrevieron a saltar al otro lado de la barra, para convertirse en dos chicas de alterne más. Sus ingresos se multiplicaron, aunque las drogas se llevaban la mayor parte.
Unos meses después, Yola regresó a su pueblo para seguir trabajando como ramera en un club de Don Benito, en la provincia de Badajoz. Nunca me lo confirmó, pero probablemente fuera el Papillón o el Sandokán.
Allí conoció todo tipo de hombres, aunque parece ser que uno de sus clientes consiguió convencerla para aceptar un tratamiento de metadona. Cuando yo contacté con ella, acababa de terminarlo, aunque seguía metiéndose una dosis de heroína de vez en cuando. Yo controlo, me decía. Como todos los heroinómanos.
Intentó reconstruir su vida y empezó a estudiar, pero, como el sexo genera mucho dinero, terminó llevando una doble existencia: durante el día asistía a clase como todos sus compañeros y era una alumna más; por la noche comerciaba con su cuerpo desatando la lujuria en los hombres.
Yola disfrutaba con la ingenuidad de los compañeros de clase que intentaban seducirla invitándola a un refresco o al cine, cuando por la noche aquella «inocente» estudiante alternaba con hombres de negocios, empresarios y probablemente hasta con los padres de alguno de sus cándidos compañeros de estudios. Yola, como me han confesado otras prostitutas, disfrutaba en cierta manera del control que las meretrices ejercen sobre el cliente.
Actualmente, combina su trabajo como go—go y stripper con la prostitución. Se justifica diciendo que necesita el dinero para operarse los pechos. «Porque los pechos son muy importantes en mi trabajo.» Pero se engaña a sí misma. Yola, como otras chicas de su edad, es alérgica a la pobreza y gana en una noche lo que sus compañeros de clase quizá ganen en un mes, una vez concluyan sus estudios y empiecen a trabajar.
Puede comprarse ropa, zapatos, joyas... que sus compañeras sólo pueden soñar. A cambio, ella se dice que sólo tiene que alquilar sus prietas carnes jóvenes a empresarios, políticos o profesionales. Sólo.
Sin embargo, Yola no tiene ningún chulo ni proxeneta que tome a su familia como rehén de un pacto suicida. Tampoco ha asumido ninguna deuda millonaria, ni ha sido víctima de crueles rituales vudú. No rota de burdel en burdel cada veintiún días, ni ha de soportar el frío del invierno y el calor del verano, ofertando su cuerpo al mejor postor en el escaparate de la calle. Salvo el hecho de que ambas practican el sexo por dinero, Yola no tiene casi nada en común con Susana.
Cara a cara
Y por fin, llegó el momento. Me había citado con Susy y con Sunny en una cafetería de la concurridísima plaza de la Catedral de Murcia porque no quería encontrarme con el ex boxeador en un lugar aislado y sin testigos.
Un compañero de Tele 5 volvía a acompañarme en esta ocasión para grabar, desde otro ángulo, mi primer encuentro con el traficante. Además, era de agradecer la presencia de unos ojos amigos en medio de tanta soledad. Porque, aunque sabía que en el caso de que el traficante descubriese mi identidad durante la entrevista, el golpe un puñetazo o el filo de su navaja serían imparables, yo prefería que aquellos ojos aliados estuviesen allí.
Sobre todo, por lo que es más importante, sabía que después la angustia del día, podría hablar con alguien y compartir la tensión acumulada. Ya estaba acostumbrado a que por la noche, después de una jornada entre mafiosos, prostitutas, traficantes y puteros tuve que encerrarme en la habitación del hotel y tragarme toda mierda del día, imposible de digerir.
En las ocasiones en las que la angustia era insoportable, cuando las confesiones de una prostituta adolescente, las gracias de un puro infame o las negociaciones con un traficante impío ponían a prueba mi capacidad de resistencia psicológica, sólo la voz de un amigo al otro lado del hilo telefónico, permitía mantener la cordura. Nunca agradeceré lo suficiente a esos amigos el haber estado al otro lado del teléfono para escucharme, sin preguntas ni reproches. Especialmente a aquel «rubí» en bruto al que acudí más de una vez sin que pronunciase mi nombre, para que me repitiera que yo no era Antonio el traficante de mujeres, sino un periodista infiltrado.
Por todo eso me aliviaba saber que mi compañero estaba allí, algún punto de aquella plaza, vigilándome a través del objetivo su cámara, cuando Sunny hizo su aparición.
Siempre le había visto en la distancia, mientras vigilábamos casa o lo seguíamos, conduciendo frenéticamente por las calles Murcia. Al verlo de cerca, me pareció mucho más grande y corpulento. Sus sempiternas gafas de sol que sin embargo esconden ojo semicerrado, legado de su época en el ring, y la ostentación que hace de su riqueza con sus collares, anillos y hasta un pendiente de oro hacen de él el arquetipo del mafioso africano.
Nada más sentarse pide una Larios sola, sin hielo, me estudia con la mirada y después me tiende su enorme manaza. Estruja la mía sin piedad mientras Susy nos presenta. Con la mano indemne, le entrego el enorme osito de peluche que he comprado para su hijo en El Corte Inglés esa mañana. Susy luce al cuello el collar que le regalé, dotado de supuestos poderes mágicos.
—¿Qué tal? —Bien. —¿Bien? —Sí. Mucho calor, ¿no? —intento entablar una conversación y recurro al socorrido asunto del tiempo.
—Hace más calor aquí que en África, ¿verdad? —¿Conoces África? —me pregunta Sunny intrigado. Y vuelvo a echar mano de mis anteriores experiencias como reportero en medio mundo.
—Sí, claro. —¿Qué país de África? —Marruecos, Nigeria, Mauritania, Malawi, Egipto, Mozambique... —Pero no conoces oeste de África. Nigeria... —Sí. Abuja, Lagos, Benin... —Sí, sí. —¿Y tú conoces España bien? —Sí. Desde Alicante hasta La Coruña. Desde nuestro primer encuentro, y aunque con cuentagotas’ Sunny fue dándome información que me permitiría profundizar cada vez más en su vida. Intento ser amable y simpático, e improviso sobre la marcha mientras mi cámara oculta registra toda la conversación.
—Con este calor no me extraña que estéis tan morenos. Tú estás un poco más moreno que yo ——digo, intentando ganarme su simpatía.
—Sí, estamos aquí para estar morenos.
—Pero África es más bonito. A mí me gusta más. No hay tantas prisas. Hay una luz increíble para hacer fotos. Y las mujeres son más lindas que aquí.
—¿Eres murciano? —No, madrileño. —Hay mucho africano en Madrid. —Sí, yo tengo muchos amigos africanos en Madrid. Me gusta la brujería.
Cuando surge el tema de la magia, Susy le dice algo al oído, en un dialecto africano que no entiendo. Y de pronto, Sunny me sorprende con sus conocimientos sobre la brujería afroamericana. Ha visto que llevo los collares de santero que me habían facilitado en La Milagrosa, y reconoce sin problema los dioses que representa cada uno. Para mí es una prueba irrefutable de que Sunny está familiarizado con el vudú, y deduzco que probablemente sea él mismo quien realiza los yu-yús y los body con los que extorsiona a sus chicas.
—Tú llevas a Changó —dice el boxeador, mientras señala el collar de cuentas rojas y blancas que luzco desde mi época como aprendiz de santero en La Milagrosa.
—Sí, pero soy hijo de Babalu Aye. —Entonces, tú eres mi hermano. —¿Sí? ¿Eres hijo de Babalu? —pregunto refiriéndome al espíritu animista sincretizado con San Lázaro en la brujería afroamericana.
—Sí.
—Coño, ¿sabes de brujería? —Sí. Tengo un español que tiene Changó, que es babalao. Su nombre en español es Juan.
—¿Y dónde está? —En Alicante, pero es de Granada. Tomo buena nota, e intuyo que el tal Juan, como la Vera de Vigo, es uno de los videntes que, de alguna manera, colabora con las mafias de la prostitución, reforzando la sugestión de las rameras sometidas a esos supuestos hechizos vudú.
—¿Hace mucho tiempo que tú vienes aquí para trabajo? —Yo voy y vengo constantemente. Intuyo que Sunny intenta averiguar a qué me dedico, pero todavía no se atreve a preguntarlo. Intencionadamente dejo ver en el bolsillo de la camisa un mazo de tarjetas de crédito, como había hecho con Susy anteriormente, con la excusa de sacar un paquete de cigarrillos. Sé que Sunny se dedica, entre otras actividades delictivas, a la falsificación de tarjetas y a las tarjetas robadas, y quiero que piense que yo puedo ser un compinche. Los traficantes de tarjetas necesitan españoles que puedan pasar las robadas o falsificadas en comercios y tiendas sin despertar sospechas y constantemente buscan colaboradores. Sin dar importancia al gesto, que intento que parezca casual, vuelvo a guardar las tarjetas y el tabaco, después de encender un cigarrillo. Y sigo con la conversación.
—¿Llueves mucho en España? —Yo sí, cinco años. —Hablas muy bien español. Yo no hablo africano. Hay demasiados idiomas en África.
—Sí. Todos los países de África no tienen el mismo idioma. En Nigeria tampoco el mismo idioma. Nosotros somos de Benin City. En Lagos hablan yoruba, en Abuja hablan ausa...
—Ahí nació el vudú. —Sí. Yoruba, el dueño es Changó; en Benin es Ogún... De pronto, cometo un error. Me dirijo a Susy y la llamo por su nombre, en lugar de usar el que utiliza en su trabajo, Julieta. Sunny se da cuenta y reacciona como impulsado por un resorte. «¿Cómo sabes tú nombre de ella?» Sé que ha sido una imprudencia. El hecho de que conozca el verdadero nombre de una de sus chicas significa que tengo más confianza con ella de lo que debería tener un cliente normal. Cambio de tema y consigo salir del paso, pero debo ser más cuidadoso. Sé que aquella imprudencia le valdrá a Susy una buena regañina cuando regrese a casa. Así me lo confirmaría Susy pocos minutos después, cuando Sunny, satisfecho con nuestro primer contacto, decide marcharse y dejamos solos. Susy me confiesa que Sunny quería verme «para ver lo fuerte que tú eres».
El africano tenía tanta curiosidad por mí como yo por él, y me estudiaba.
—Joder, es grande, ¿eh? Está fuerte... —Síííí. —Price Sunny, ¿no? Se llama así. —Sí, Prince Sunny. —¿Y sabe de brujería? Porque reconoció los collares. —Sí, sabe mucho. —¿Es brujo? ¿Hace brujería vudú? —Sí. Susy no quiere profundizar más en el tema, pero ya me ha confirmado que mi intuición era cierta. El proxeneta se encarga personalmente de los rituales del terror que garantizan la fidelidad de sus pelanduscas. Y de pronto, surge un nuevo personaje en este drama, Al preguntarle por su hijo, Susy me revela que hay un hombre, que resulta ser un joven nigeriano al que conoció durante su terrible viaje hacia Europa, que asumiría la paternidad del niño, aunque él no fuese el progenitor real. Aquel muchacho, al que Sunny había propinado más de una paliza al intentar estar con Susy sin pagar por ello, llevaba un mes haciéndose cargo del pequeño, siguiendo las órdenes del traficante.
—¿Qué tal está el niño? —Está bien. Ahora, en Torrevieja con su padre. —¿Con su padre? —Yo siempre hablar con Sunny para venir él aquí. Pero él no escuchar a mí, entonces yo callar.
—No entiendo. —Yo pedir a Sunny por favor llevar a mí a Torrevieja, o traer él aquí, para mi niño venir aquí. Él dice, sí, un día, un día... siempre dice un día, pero nunca venir.
—Pero ¿no puedes ver a tu hijo?
—Sí, un mes allá y cinco días aquí conmigo, y luego volver allá un mes.
De pronto, descubro que Susy ignora dónde está su hijo y que las palizas del proxeneta le inspiran tanto temor como los siniestros rituales de vudú a los que está sometida.
—¿Y si vamos a buscarlo tú y yo y lo traemos? —Yo no sabe, sólo él sabe dónde está. —¿Sólo Sunny sabe dónde está tu hijo? —Sí. Antes casa sí, ahora cambiar de casa. Yo no sabe en qué casa está. Cuando yo ver a él, yo muy feliz.
—Sunny muy grande, ¿eh? —Sí. Él boxeador en mi país. Es muy fuerte. —Cuando se enfada, tiene que ser muy peligroso, ¿no? —Mucho, eh. Sí, no puedo yo hablar mucho en casa. Yo calla, pegar...
—¿Cómo? —Cuando él enfadar, yo para dormir, sin hablar. Pegar, ¿eh? No sé, yo Dorar...
Poco a poco me fui sintiendo cada vez más implicado emocionalmente en aquella historia, hasta el extremo de considerar seriamente la posibilidad de casarme con Susy para conseguirle la nacionalidad española; o incluso llegué a fantasear con la idea de eliminar personalmente al boxeador nigeriano, en caso de no obtener pruebas de sus delitos para facilitar su detención. A partir de aquel día, el caso de Susana se convirtió en una obsesión personal. Los responsables del equipo de investigación de Atlas—Tele 5, para los que trabajaba en esos momentos, aceptaron excluir todas las grabaciones de Susy y de Sunny del reportaje Esclavas del vudú que estábamos preparando, y que se emitió dentro del programa Infiltrados, que presentaba Javier Nart. Si aquellas imágenes salían en antena, y Sunny descubría que le habíamos estado grabando, podría salir de España y quedar impune de sus delitos una vez más. Así que acordamos continuar la investigación, al margen del programa, hasta que yo pudiese ganarme la confianza de Sunny para demostrar que traficaba con seres humanos. Y que en la España del siglo XXI, digan lo que digan los libros de historia, todavía es posible comprar una esclava.
Universitarias calientes
Sunny me había dejado muy claro que, a partir de nuestro primer encuentro, cuando quisiese hablar con Susana le llamase a él a su móvil. Y así fue. Con relativa frecuencia, desde aquella primera reunión, podría charlar con Sunny cada vez que telefoneaba a la nigeriana, y aquello me hacía ganar cada vez más confianza con el negro. Sin embargo, no quería desatender otra línea de investigación que me parecía fascinante y profundamente desconocida: las estudiantes y universitarias españolas que se prostituyen, al margen de sus compañeros de clase, familiares y amigos. Yola no era una excepción.
Durante toda investigación, las pistas llegan por los cauces más inesperados. Y fue mi propio compañero, otro joven periodista, el que me facilitaría un nuevo hilo del que tirar. Esa noche, mientras cenábamos en el restaurante del hotel, tras comprobar que nuestras respectivas grabaciones de mi primer encuentro con Sunny eran perfectas, me hizo un comentario en relación a Yola y a las universitarias españolas que ejercen la prostitución.
—¡Y tanto que es verdad! Yo tenía una compañera en clase que no se cortaba un pelo. Imagínate, que de pronto le sonaba el móvil, pero estando en clase, y contestaba la llamada dejando superclaro de lo que estaba hablando. Por ejemplo, yo la oía decir: ¿Diga?... Sí, soy yo... 20.000 más el taxi... ¿En qué hotel está?... ¿En qué habitación? ... Vale, en media hora estoy ahí... Y la tía se levantaba y se piraba. Nos tenía a todos como motos, porque se gastaba una pasta en ropa y siempre venía a clase supermaquillada...
Esa joven, estudiante de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid, resulto ser Mercedes S. F., y su testimonio es muy similar al de otras estudiantes españolas.
Mercedes descubrió un anuncio en la prensa local en el que se precisaban señoritas y llamó. Tiene una personalidad muy fuerte y, en su caso, no necesitó que ninguna amiga la envalentonase para telefonear a la agencia y acordar una cita con los proxenetas.
—La oficina estaba en la torre de Colón, que está encima de la cafetería Ríofrío, y allí mismo sé que tenían un apartamento de los de lujo, de 50.000 la hora y sólo una chica. La encargada y mujer del dueño super mafioso se llamaba Miriam, pero ni idea de los apellidos.
—¿Qué tal fue la entrevista? —Bien, me explicaron un poco las condiciones: que iríamos a medias, que estaría con otras chicas y una encargada en uno de sus pisos, y nada más.
—¿Y adónde te mandaron? —La casa a la que yo fui, que tenía el portero automático con cámaras, estaba en Goya, 23, creo que en el tercer piso aunque no estoy segura. Al parecer llevaban un tiempo teniendo problemillas con el portero, que decía que iba a llamar a la policía y tal, lo mismo por ahí puedes sacar algo.
Con frecuencia los propietarios de este tipo de casas clandestinas ocultan a los demás vecinos la utilidad que dan al piso. Como anécdota, puedo decir que en algunos de ellos colocan placas falsas en la puerta, para aparentar que esa vivienda es el bufete de un abogado, la oficina de una inmobiliaria, o incluso, la consulta de un vidente.
—La madame se llamaba Rosana, y era una colombiana gorda y afable. Como te conté, funcionaban con anuncios en prensa, diciendo que las chicas recibían solas en la casa y tal, pero siempre estábamos más. Los tres anuncios que yo supe que tenían, y que eran los nombres de los servicios, eran de Eva, Ana y Estefanía —ninguna de las chicas nos llamábamos así—. Los anuncios los ponían en ABC, El País y El Mundo.
—¿Qué ponía al que llamaste tú? —El anuncio al que yo llamé estaba en El País’ y pedían chicas no profesionales, universitarias, y también telefonistas. El cincuenta por cien del precio de cada servicio era para la casa y el otro cincuenta para la chica.
—¿Y tenían muchos pisos de ésos? —Sé que tenían por el barrio Salamanca varias casas más, una en General Pardiflas, y también por Atocha, Marqués de Vadillo y Bilbao, pero ésas no las conocí.
El de Mercedes tampoco es un caso aislado. Como no lo es el de Yolanda, la go—go y stripper del Pipos, que ahora trabaja en un conocido local de Barcelona. Allí los cientos de clientes que frecuentan el pub pueden disfrutar de su arte como bailarina y algunos de ellos, a través del propietario del local, de algo más... Ellas son un ejemplo de la evolución que experimentan las busconas españolas; la mayoría comienzan en pisos clandestinos y posteriormente pasan a los servicios en hotel, clubes de lujo, etc.
A través de Yola, es decir, a través de un novio suyo, vigilante jurado en un burdel extremeño, conocí a otra estudiante española que ejercía la prostitución, aunque en este caso, con ambiciones mucho mayores que la go-go, y que me introduciría en otra dimensión de la prostitución en España.
Rosalía se inició en el negocio del sexo el día 17 de febrero de 2002, de una forma similar a Yolanda. Ella y un par de amigas, todas jóvenes españolas que habían fantaseado durante semanas con la idea de prostituirse, decidieron dar el gran paso, pero de forma completamente independiente.
—Alquilamos un piso, aquí en el centro, y pusimos un anuncio en el periódico, Y ya está. Así de fácil. Cada una cobraba lo suyo y ya está.
Sus amigas, como ella, ocultaban a sus familiares, amigos y compañeros de estudios su doble vida. Y como en los casos anteriores, sentían una cierta satisfacción morbosa al observar el comportamiento de jóvenes de su edad, que intentaban seducirlas con una invitación al cine o a la discoteca, o al último concierto de Operación Triunfo. Rosalía y sus amigas se movían en un status social y en un nivel económico muy superior, Y según me dio a entender una de ellas, en una ocasión acudió al piso en el que trabajaba uno de sus profesores de la facultad. Lejos de sentirse descubierta —al fin y al cabo el profesor estaba casado— cumplió con el servicio y cobró como a cualquier otro cliente. La sorpresa llegó cuando sus calificaciones sufrieron un agradecido incremento en la nota final.
Rosalía no tardó en independizarse de su grupo de amigas, y probó suerte tanto en otras agencias de más prestigio como trabajando por su cuenta, convirtiéndose en una de las pocas escorts extremeñas que cobraba 80.000 pesetas por un servicio completo. Entre sus clientes había políticos, escritores, empresarios que le pedían todo tipo de servicios, como por ejemplo, acompañarlos hasta locales de intercambio de parejas donde debería estar con tres y cuatro hombres diferentes, mientras el cliente disfrutaba sólo como voyeur. Yo mismo la acompañé a uno de esos locales, donde me explicó con todo detalle las perversiones que solicitaban de ella los clientes... francamente alucinante.
Lo más extraordinario del caso de Rosalía es que supone un excelente ejemplo de otra constante que me encontré al profundizar en la personalidad de muchas jóvenes prostitutas: su extremo y malentendido romanticismo. Rosalía es una adicta al cariño, y eso es lo que buscaba en todos y cada uno de sus clientes. Mientras la entrevistaba, pronunció una frase tan elocuente como demoledora: «A veces terminaba de estar con un cliente, y en cuanto salía por la puerta, me iba corriendo al chat para intentar conocer a alguien que me dijese algo bonito. A veces estaba chateando con algún amigo, y le decía que iba a comprar tabaco o a preparar la comida, cuando en realidad recibía a un cliente, y después de hacer el amor, volvía corriendo al chat. En el fondo, creo que lo que buscaba desesperadamente era un poco de amor en cada hombre ... ».
Algo que otras prostitutas me han confesado es que, a pesar de que ellas puedan estar con varios hombres diferentes cada día, jamás permitirían a su novio o marido que mirase a otra mujer. Una paradoja habitual entre las prostitutas.
Durante una de nuestras entrevistas, Rosalía me ratificó lo que el agente Juan me había aconsejado para ganarme la amistad de las prostitutas: «Si has hecho un servicio con un hombre, ya sabes a lo que va, así que aunque después te venga de amigo, de ayuda o de lo que quieras, tú siempre vas a pensar que te va a manipular, entonces lo manipulas tú a él, porque ha habido sexo. Otra cosa es una persona que ha pagado el servicio y no lo hace. Lo puedes ver, te puede dar cierta confianza. Pero un hombre que busca sexo... lo primero que piensas es que quiere sexo gratis ... ».
Juan tenía razón al aconsejarme que, bajo ningún concepto, cayese en el mismo juego que los dientes, y que viese lo que viese, resistiese la tentación del sexo. Y debo reconocer, no sin cierto pudor, que en muchas ocasiones supuso un esfuerzo enorme, colosal, no dejarme llevar por el deseo que, evidentemente, me inspiraban muchas de esas chicas. Y también confieso con vergüenza que en alguna ocasión, como en el Vigo Noche, me dejé llevar por las circunstancias, y la inexperiencia no es una excusa. Yo también fui en ese momento un prostituidor, y de alguna manera un colaborador de las mafias. Afortunadamente aprendí a controlar esos instintos, y de esa forma conseguí testimonios como los de Rosalía, de un valor incalculable. No sólo por su historia personal, sino por las pistas que me iban facilitando para avanzar en la investigación, como por ejemplo sobre la trastienda de los burdeles en Internet.
Hace un año, Rosalía conoció a un proxeneta croata con el que mantuvo una tormentosa relación, que terminó por hacerla dar el salto final. Cuando quiso darse cuenta, el ucraniano la había involucrado en su agencia de escorts, y su nombre aparecía en una página web de Internet, junto a los de otras señoritas.
Rosalía y su jefe croata, único responsable de la agencia y de su página web, pensaron, acertadamente, que las mesalinas del siglo XXI no pueden permanecer ajenas a las nuevas tecnologías. Los anuncios por palabras en la prensa local son monótonos y repetitivos. En cualquier periódico del país, se publican diariamente cientos de anuncios de este estilo. Especialmente en los grandes diarios como La Vanguardia, El País, El Mundo o El Periódico, aparecen tantos cientos de avisos que cualquiera de ellos queda diluido entre todos los demás. El croata pensó que había que idear algo más atractivo, una forma de publicidad en la que se pudiese detallar con mayor precisión todos los servicios sexuales que sus chicas podían ofrecer al cliente, así como fotos del local y de sus instalaciones y, cómo no, fotografías de las señoritas, hermosas y exuberantes, que el interesado podría disfrutar.
La página web comenzó a funcionar con gran éxito, ofertando señoritas de Madrid, Barcelona, Marbella, acompañadas de una detallada descripción física, un book fotográfico y un listado de los servicios sexuales que dichas señoritas estarían dispuestas a mantener. Sin embargo, según me reveló Rosalía, todo es mentira...
Wednesday, April 19, 2006
Tuesday, March 28, 2006
Capítulo 7: Actriz, modelo, presentadora... y ramera de lujo
Se reconocen y protegen los derechos: a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
Constitución Española, art. 20, 1
Manuel es un adinerado empresario catalán cuya fortuna fue consolidada gracias a un braguetazo. Su esposa, con influyentes parientes en Marbella, desconoce totalmente su doble vida, pero Manuel de vez en cuando echa una canita al aire en clubes como el Riviera o el Saratoga, cercanos a su domicilio en Casteldefels. Sé que vive allí porque la noche que le conocí en uno de esos clubes, yo mismo me ofrecí a llevarlo a su hogar conyugal. Aún yo no lo sabía, pero el tipo moreno de ojos pequeños y brillantes que estaba con él, en la barra del Riviera, era un importante narcotraficante internacional, con el que yo terminaría negociando...
Sin embargo, en general, a Manuel no le gustan los clubes de carretera, ni siquiera aunque sean tan lujosos como los de Castelldefels. Él frecuenta otro tipo de servicios y, de no haber sido por su inestimable colaboración, yo jamás podría haber accedido a ellos. Se trata de las agencias más selectas que trabajan con las escorts, o prostitutas de lujo, más caras y sofisticadas. Éste es el escalafón más alto en el negocio del sexo profesional, vetado a los ciudadanos medios, y reservado a los puteros más adinerados. Empresarios, Políticos, actores o deportistas de elite, en disposición de gastarse entre 600 Y 42.000 euros —de 100.000 a 7 millones de pesetas por un rato de placer con una chica que haya sido portada de Interviú o MAN, o con una top-model reconocida, o incluso con una famosa actriz, cantante o presentadora de televisión.
Para cuando conocí a Manuel, ya llevaba muchos meses sumergido en el mundo de la prostitución, y podía permitirme cierta seguridad y experiencia al hablar del tema. Creo que fue eso, mi seguridad al hablar del negocio, lo que me hizo ganar su confianza.
Manuel pensaba que yo era un traficante de mujeres, entre otros negocios delictivos, con burdeles en Bilbao y Marbella. Sin embargo, en esta ocasión, lo de atribuirme la propiedad de un burdel en Málaga casi me cuesta un disgusto.
Aunque me lo explicó, no tengo clara la lejana relación familiar que Manuel tiene con el vidente de la jet más famoso de España, pero aquel parentesco hacía que conociese bien Puerto Banús y el elitista ambiente de los burdeles de Marbella. Así que jugué de farol y le cité algunos conocidos clubes malagueños como el Milady Palace de Puerto Banús, La Sirenita de Benalmádena, o los Selecta y Geísha de Torremolinos. Intenté hacerle creer que yo tenía algunas de mis rameras trabajando en aquellos locales, cuyos nombres le sonaban familiares y tragó el anzuelo con el sedal y la caña. Entusiasmado por nuestra incipiente relación, terminó por presentarme a Priscila, una rumana espectacular que ha llegado a cobrar hasta 400.000 pesetas por un servicio.
Priscila fue una «chica Fontaneda», y entre sus dientes se cuentan importantes abogados, toreros, empresarios y deportistas de Madrid y Barcelona. Me comentaba divertida, en una de nuestras últimas entrevistas, al poco de que la controvertida Nuria Bermúdez declarase, en verano del 2003, que se había acostado con media plantilla del Real Madrid, que la misma Priscila y muchas de sus compañeras habían hecho lo mismo mucho antes que la Ber1núdez. De hecho, debo confesar que los nombres de muchos componentes del club blanco han aparecido una y otra vez en mis conversaciones con prostitutas de toda España, con el agravante de que todas coinciden en los mismos detalles, así que debo deducir que cuando el río suena... Supongo que es mera casualidad, pero todas las prostitutas que me han relatado sus orgías con jugadores del Real Madrid eran de aspecto nórdico, auténticas valkirias. Mis ex camaradas de Ultrassur al menos podrán estar tranquilos en ese sentido. La unidad racial, aunque sea con rameras, ha quedado salvaguardada... Salvo por el detalle de que algunos de los mejores clientes de mis amigas eran todo lo contrario a hombres arios...
Orgullosa, Priscila presumía de sus recién adquiridos pechos de silicona, ciertamente esplendorosos, alegando que se los había puesto el mismo cirujano que a Yola Berrocal. Ignoro si este punto puede considerarse como algo digno de orgullo. Actualmente trabaja en uno de los burdeles más famosos de España, con sucursales en Barcelona, Madrid, Vigo, Marbella, etc. Sin embargo, hastiada de sus jefes, estaba dispuesta a conocer nuevos ambientes, y ahí es donde entraban mis supuestos clubes de lujo en Bilbao y Marbella. Además, Priscila, como el 90 por ciento de las meretrices que hay en España, carece de documentación legal, y yo le había hecho creer a Manuel que mis contactos con el crimen organizado incluían a falsificadores de pasaportes, tarjetas de residencia, ofertas de trabajo, etc.
La rumana acudió a la cita de la mano del putero, a bordo del espectacular descapotable rojo que le había regalado un conocidísimo empresario del mundo del espectáculo madrileño, encaprichado por los favores sexuales de la impresionante rubia con las tetas de Yola Berrocal. Como me había ocurrido con Susy en Murcia, me aproveché de mis viajes anteriores, en este caso por Rumania, para romper el hielo. Todas las mesalinas que he conocido recuerdan con cierta añoranza sus países de origen y aceptan entusiasmadas una conversación cálida e informal sobre la gastronomía, la historia, la música o la cultura de su patria. Así que desempolvé de la memoria mis recuerdos de Bucarest, Constanza, Tirgoviste o los verdes Cárpatos, y durante unos minutos creo que Priscila disfrutó con nuestro intercambio de recuerdos rumanos. Manuel sonreía satisfecho. Su intercesión había resultado enriquecedora para ambos.
Por fin, en un ambiente más distendido, la rumana comenzó a relatar, ante mi cámara oculta, su currículum profesional, que incluía haber compartido agencia con algunas de las cantantes, actrices o presentadoras más famosas de España, ejerciendo con ellas la prostitución en absoluto secreto. Priscila trabajaba en un local de alteme convencional, hasta que uno de sus clientes habituales, un conocidísimo abogado madrileño, le propuso cambiar de lugar de trabajo. Transcribo el español casi perfecto de Priscila, tal y como lo grabó su cámara oculta.
—Él me ha aconsejado que no esté cara al público todas las noches, que es mejor hacer las mismas cosas, pero en discreto y por más dinero. Y entonces me dio el número de teléfono de esta agencia.
—Llamaste a la agencia, ¿y? —Cuando llamé primera vez me han preguntado qué edad tengo, si tengo celulitis, si tengo estrías. Les he dicho que tengo veintisiete, aunque tenía ya veintiocho, y la edad máxima eran veinticinco. Pero cuando me han visto se han quedado encantados y me han hecho fotos en bañador y todo, y bueno, bien. Pero yo por ser normal y corriente, el precio eran 150.000.
—¿150.000 pesetas? —Esto fue hace tres años. El precio mínimo eran 150.000 pesetas y la chica más cara eran seis millones. La más cara era M. S.
Priscila había pronunciado el nombre de una famosísima presentadora de televisión. Me quedé anonadado, pero intenté mantener la compostura. Se suponía que, como proxeneta profesional, no deberían impresionarme aquellas revelaciones. Todos los periodistas de España hemos escuchado rumores sobre famosas actrices, modelos, cantantes o presentadoras que ejercían la prostitución en secreto, pero aquella voluptuosa y exuberante rumana me estaba explicando con toda naturalidad que una de las presentadoras más famosas de la televisión era su compañera de burdel hace sólo tres años.
En su libro Yo puta, Isabel Pisano relata un curioso episodio protagonizado por ella misma y una importante madame madrileña llamada Patricia, regente de una agencia de prostitutas de lujo. Según relata Pisano, la celestina le había pedido que intercediese presentándole a algunas famosas, que la tal Patricia intentaba reclutar para su agencia de rameras de alto standing: «Oye, yo tengo clientes maravillosos de cuatro y cinco millones de pesetas por una noche, pero tienen el capricho de Ivonne Reyes, Mar Flores, Ana Obregón. ¿No me las podrías presentar?». Según relata la autora de Yo puta, al interrogar a la madame sobre cómo pretendía convencer a aquellas famosas para que se prostituyesen a su servicio, ésta respondió: «Es muy fácil, al principio las contacto para un desfile de bañadores, y cuando llega el momento, les digo que el desfile saltó, pero que el dueño de la marca está dispuesto a pagar la misma cifra del desfile por una noche con ellas; la mayor parte acepta» (pp. 28-29).
La primera vez que leí el libro de Pisano, aquel párrafo me pasó desapercibido. Ahora estoy en disposición de certificar, por experiencia propia, que refleja una absoluta realidad. Yo también terminaría negociando el contrato de varios servicios sexuales con famosas españolas, cerrando el precio en 3 millones de pesetas por cada una. El nombre de la madame citada por Pisano era la argentina Patricia del Valle Areyes, y su agencia era la misma en la que trabajaba Priscila... Pero no adelantaré acontecimientos.
—Seis millones... Eso es mucho dinero.
—Lo que pasa es que no lo sé cómo tienen el trato, pero la mitad siempre es para la madame. Lo que sé es que la agencia quedaba en la calle Orense, en el edificio Eurobuilding-2, en la habitación 326. El teléfono sí que no me acuerdo. Me imagino que si vas allí, te abrirá una señorita muy amable, te invitará a una copita, y te enseñará el book de señoritas. Antiguamente sólo por ver el book eran 15.000 pesetas.
—¿Y quién aparecía en ese book? —No, las chicas que trabajábamos en esa agencia no podíamos ver el book. Pero el book lo sacaron en una revista... Dígame. Porque yo traté con el abogado Rodríguez Menéndez, poco tiempo, pero él lo sacó en su revista Dígame.
Inmediatamente anoté en mi lista de tareas pendientes una visita a la Hemeroteca Nacional, en la madrileña plaza de Colón, para buscar en los archivos de las publicaciones españolas la tal revista Díganw, aunque en ese momento opté por no interrumpir el relato de la rumana.
—Trabajábamos en hotel y en la misma agencia, que había dos cuartitos por si el cliente no tenía hotel y quería hacerlo allí. Si íbamos a hotel nos pagaba a nosotras el cliente y después le dábamos la mitad a la agencia, y si era en la agencia, al revés.
—¿Y por qué dejaste de trabajar allí? —Un día me llaman de la agencia y me dicen que hay un abogado de Barcelona que en vez de 150.000 sólo va a pagar 100.000 pero que es muy amable y muy rápido. Y si es muy rápido, eso es lo que importa, y son 100.000, bueno, 50 para mí y 50 para la agencia. Y si es rápido, y guapo, y amable, y joven, pues bueno, fui. Al principio bien, pero después se puso muy violento. Quería cosas, no sé, sin preservativo y tal. Y entonces, llorando, de rodillas, me dijo que nunca había pagado a ninguna chica tanto dinero. Le digo, pero si has pagado una mierda, 100.000. Y me dice, si he pagado 400.000 por ti. Entonces me puse a llorar, cómo podían darme a mí 50 y él pagar 400.000.
Aquella estafa por parte de la agencia marcó definitivamente a Priscila, que continúa ejerciendo la prostitución, pero por su cuenta. Por eso se había reunido conmigo. Tomen nota todas las escorts españolas, por si sus agencias también las están estafando, cosa que no me extrañaría. Sin embargo, lo más sorprendente estaba por llegar. Aquella misma agencia le había propuesto a Priscila acompañar a un cliente de confianza en un viaje a EE. UU., sin embargo, un problema legal con su visado impidió el viaje. Poco después le propusieron otro desplazamiento, con el mismo cliente, pero a México. Priscila cobraría 200.000 pesetas al día, durante una semana. Sin embargo, la rumana ya no confiaba en la agencia.
—Yo hablé con mucha gente y todos me han desaconsejado. Mira, ellos te pagan por adelantado, pero quién sabrá lo que pasará en México. Yo no sé qué rollos tendrán. Igual me venden por diez millones o por veinte a un burdel y no vuelvo jamás. Me destrozan la cara, me follan ahí cincuenta tíos, boca, culo, cara y todo y por eso decidí no ir. Me han dicho, pues no te llamamos más, y así se acabó.
¿Es posible que España no sea sólo un país de destino, sino que mafias españolas vendan a su escorts de lujo a su vez, a burdeles de otros países? A medida que profundizaba en esta investigación, la sensación de vértigo que me inundaba, haciéndome sentir que el suelo desaparecía bajo mis pies a cada paso, se agudizaba cada vez más. Pero todavía me aguardaban muchas sorpresas.
Con pasmosa naturalidad, Priscila me comentó que entre sus compañeras en aquella agencia se encontraban otras famosas presentadoras de televisión, cantantes y actrices, auténticos mitos sexuales entre los españoles. Al escuchar aquellos nombres, no pude evitar recordar que mi hermano pequeño todavía tiene en su habitación los pósters de alguna de aquellas famosas, que han sido portada de revistas como Interviú o MAN. Estoy seguro de que disfrutaría más que nadie de las revelaciones de Priscila, porque de pronto aquellas famosas habían dejado de ser mitos eróticos inalcanzables. Ya no eran tan sólo una adolescente fantasía sexual en un papel colgado de la pared. Cualquier español, con el dinero suficiente, podría materializar aquel sueño. Y nada diferenciaba a aquellas populares divas de la pantalla de Susy o de cualquiera de las rameras de burdel que había conocido en mi periplo por los lupanares de todo el país. Nada, salvo el precio. Sin embargo, esa diferencia abismal en los honorarios implica ciertos matices en el servicio, a los que ni las prostitutas callejeras acceden. Por ejemplo, es una ley no escrita entre las cortesanas de todo el mundo que cierto tipo de cosas no se pueden hacer, salvo que sean consideradas y pagadas como «servicios especiales», que no todas las furcias admiten. La inmensa mayoría de las mesalinas no accede al sexo anal, ni a la felación sin preservativo ni, por encima de todo, a besar en los labios. El beso en la boca se reserva para el amado y no se regala al cliente pago. Sin embargo, Priscila era contundente al tocar este punto en relación a las famosas.
—Te voy a decir una cosa, otra de las cosas que no me gustaba de la agencia es que, como decían que las que estábamos allí no somos profesionales, si el cliente decía que le chupes sin condón hay que chupar sin condón, y si quiere beso, también hay que besarle, y si quiere que le chupes el culo, también hay que chuparle el culo, ¿entiendes? Así de claro. Tan finas son, las famositas, por seis millones de pesetas...
Con muy buen criterio, Priscila añadía que seis millones es mucho dinero, pero si el cliente tenía una enfermedad, como el sida, y por realizarle una felación sin preservativo, la prostituta, famosa o no, era infectada, aquellos seis millones no compensaban.
—Malena, por ejemplo, empezó a trabajar en una sauna de Castellana, con una amiga mía. Antes de venir a la agencia. Como la Yasmine, que estaba en un chalet. Pero Malena Gracia empezó con una amiga mía...
Malena Gracia, de la sauna al Hotel Glarm
Buceé en la hemeroteca hasta hacerme con todos los números de la revista Dígame, de la que me había hablado Priscila. Y no podía dar crédito a lo que estaba viendo ante mí. En el mes de octubre del año 2000, el polémico abogado Emilio Rodríguez Menéndez presentaba en sociedad la revista Dígame. Con Rodríguez Menéndez como editor y Javier Bleda, otro histórico de la extrema derecha española junto a José Luís Roberto o Blas Piñar, como director, la pareja volvía a coincidir años después de su aventura al frente del diario Ya. El legendario rotativo madrileño se había ido a la quiebra tras la gestión de Menéndez y Bleda, que no habían dudado en publicar lo que nadie más osaba publicar, para intentar vender periódicos. Ellos fueron los primeros en divulgar la existencia de un vídeo pornográfico en el que presuntamente aparecería Pedro 1. Ramírez, director de El Mundo, con una prostituta de color llamada Exuperantia R. Menéndez y Bleda, sin par dúo dinámico, habían roto las reglas implícitas en el mundo de la comunicación, que acuerdan no airear los trapos sucios de los poderosos. Todos los periodistas, y me incluyo, hemos sufrido la censura alguna vez, al intentar divulgar informaciones políticamente incorrectas. Lo sé mejor que nadie. Muchos de mis reportajes han sido censurados, cuando no secuestrados totalmente por la cadena que debía emitirlos. Pero lo malo del binomio Menéndez/Bleda no era que osasen divulgar lo que todos preferían omitir, lo peor es que durante su gestión al frente de Ya, tampoco tenían pudor en inventar la noticia, cuando ésta no existía. Su vergonzoso fraude en tomo al sangrante caso Alcásser, cuando toda la opinión publica vivía con un dolor sin precedentes el triple crimen de Miguel Ricart y Antonio Anglés, todavía dama al cielo. Sin ningún tipo de respeto, Ya publicó en portada que habían descubierto y entrevistado a Antonio Anglés, el criminal español más buscado de la historia, en un país sudamericano. Ilustraban la entrevista con varias fotografías en las que el mismísimo Rodríguez Menéndez posaba con el supuesto Anglés. Las ventas de periódicos se dispararon, sobre todo cuando el propio Menéndez fue entrevistado por Pepe Navarro en su programa Esta noche cruzamos el Mississippi y contó con todo lujo de detalles su presunta investigación periodística, que habría desembocado en la localización del asesino de Alcásser. Pero la gloria le duró poco al abogado, ya que pocas semanas después de aquel pelotazo del Ya, los periodistas de Interviú localizaron en Argentina al supuesto Anglés, que resultó ser un simple modelo, físicamente parecido al asesino, que ni siquiera era consciente del escándalo que había desatado en España su aparición. Todo había sido un montaje urdido por Rodríguez Menéndez para vender periódicos, como terminaría confesando él mismo posteriormente.
Con semejantes antecedentes, la opinión pública ya sabía lo que podía esperar de la reaparición de Menéndez y Bleda ———quien, por cierto, había dirigido durante un tiempo la revista de Mario Conde, MC—. Desde su primer número, en que arremetía contra la periodista Karmele Mardiante desde la portada, Dígame se ganó las antipatías de toda la comunidad periodística española. Un pacto de silencio se cernió sobre la publicación de Rodríguez Menéndez y Javier Bleda, dispuestos a publicar lo que nadie se atrevía ni tan siquiera a sugerir en las tertulias televisivas sobre el mundo del corazón. Dígame se propuso no respetar nada ni a nadie, y lo demostró sin duda al llegar a su tercer número, publicado el día 6 de noviembre del año 2000. El titular de portada era tan grosero como elocuente: «Descubrimos una red de prostitución de famosas: Malena Gracia ejerce de puta».
En su línea de un seudoperiodismo salvaje y brutal, la revista Dígame había preparado una encerrona a Malena Gracia, con la que Rodríguez Menéndez había mantenido una relación sentimental, aunque intuyo más profesional que afectiva, que había saltado a la prensa rosa ese mismo año. La vedette y el abogado aparecían en actitud muy cariñosa —imagino que amor de pago— durante unas vacaciones en Miami. Ya he explicado que las meretrices deben aceptar prácticas sexuales que rozan las parafilias...
En venganza por el evidente desplante, supongo, ya que hasta la ramera con más estómago tiene un límite, un supuesto periodista había contratado los servicios de Malena en la misma agencia en la que trabajaba Priscila, citándose en un conocido hotel madrileño con la famosa cantante y actriz, que por aquellas fechas trabajaba con Arévalo en una serie de Antena 3.
El autotitulado periodista de Dígame había acudido a la agencia del edificio Eurobuilding-2 para ver el catálogo de prostitutas, pagando 15.000, pesetas por el derecho a ver el book, y 25.000, más en concepto de adelanto. Tras escoger a Malena Gracia para el servicio, pidió que se la mandasen al hotel Meliá Casfifia hacia las 20:30 horas de aquel 30 de octubre del año 2000, y Malena acudió a la cita. Una vez allí, exactamente en la habitación XXX, le abonó las 115.000 pesetas restantes, para completar las 150.000 estipuladas por acostarse con Malena Gracia. Y durante la siguiente hora y media mantuvieron dos contactos sexuales completos. Omitiré, por respeto, todos los detalles escabrosos que el pretendido periodista no omite en la revista de Rodríguez Menéndez.
Después del humillante montaje del falso Anglés en Ya, probablemente nadie conferiría ninguna credibilidad al reportaje sobre mesalinas famosas de Dígame, si no fuese porque el seudoperiodismo había grabado todo el episodio, escondiendo una cámara de vídeo en la habitación del hotel. Sin ninguna compasión por los sentimientos de Malena Gracia, Rodríguez Menéndez incluía varios fotogramas del vídeo, en los que la cantante aparece practicando el sexo explícito con su cliente, tanto en la portada como en el reportaje de Dígame. Pero pocos privilegiados pudieron ver aquel ejemplar del número 3 de la revista.
La publicación de Bleda/Menéndez era un semanario que aparecía los lunes, pero alguien había filtrado a la popular vedette que el lunes 6 saldría en portada de Dígame un reportaje sobre su doble vida, ilustrado con imágenes de uno de sus contactos sexuales. Ese alguien era Ana María B., una madre y esposa, ex miembro de la Guardia Civil, destinada en la vigilancia de la Casa Real, junto a otros compañeros de la III Comandancia, que había sido expulsada del cuerpo por ejercer la prostitución. Tras una investigación de Asuntos Internos, con expediente abierto el día 12 de agosto de 1997, una sentencia del Supremo confirma su expulsión del cuerpo «por ofender la dignidad de la institución y mantener conductas contrarias al Reglamento y a las Reales Ordenanzas». Había permanecido casi diez años en el cuerpo con un excelente expediente, hasta que se descubrió su doble vida, ilustrada en un sórdido vídeo grabado en la agencia en la que trabajaba, a través de una cámara escondida en el burdel para grabar a los dientes importantes. Sus compañeros de la III Comandancia, y después los de Asuntos Internos, contemplaron con morbosa curiosidad la imágenes registradas en esa cinta de vídeo, en la que el encargado del lupanar aparece enmascarado, cobrando a cada uno de los clientes que contratan los servicios de la guardia, señal inequívoca de que él sí sabía que una cámara grababa los encuentros sexuales de Ana María. Su posado, desnuda, en la portada de Interviú aún aparece, a mediados del 2003, en algunos books de famosas que yo he visto personalmente, en agencias de prostitución de lujo de Madrid y Barcelona, ignoro si con el consentimiento de la ínclita, que ahora posee varias peluquerías en Leganés. Al conocer su historia, inevitablemente recordé los apuntes del agente Juan sobre el injusto binomio Guardia Civil—burdeles...
El domingo 5 de noviembre, a las 17 horas, Malena Gracia se presentó en el juzgado de Instrucción número 18 de Madrid, acompañada de Ana María B., para interponer una denuncia contra la revista Dígame, en un intento desesperado por evitar que la publicación de Rodríguez Menéndez llegase a los quioscos de Madrid. Por suerte para la vedette, la distribución de Dígame se limitaba prácticamente a la capital de España.
A las 8 de la mañana del lunes 6, sin haber podido pegar ojo por la angustia y el terror de que su familia, amigos y fans descubriesen su vida secreta, Malena se personó en el juzgado de Instrucción número 2 de Alcobendas, acompañada por la ex guardia civil, para interponer una nueva denuncia contra Dígame, como último intento por evitar la distribución del número, que ya había salido de imprenta. Y lo consiguió, parcialmente.
A primera hora de la tarde la secretaria judicial se personó en la redacción de la revista para paralizar la distribución del número 3 de Dígame. Sin embargo algunos ejemplares estaban ya en circulación y, a pesar del tabú que se cernía sobre el tema de las famosas, algunos medios de comunicación, pocos y marginalmente, se hicieron eco de la noticia. A la semana siguiente, el número 4 de Dígame se agotó en todos los quioscos de Madrid, y Rodríguez Menéndez, envalentonado por el éxito editorial de aquella portada, que tenía aspecto más de vendetta personal que de interés periodístico, inició una campaña brutal y salvaje contra Malena Gracia, y contra otras famosas que, según él, ejercían la prostitución.
Durante varios meses se publicaron muchas noticias, comentarios de opinión —entre ellos, algunos muy hirientes firmados por Nuria Bermúdez, articulista fija en Dígame, que terminaría siendo también acusada por Menéndez de ejercer la prostitución—, y reportajes aportando infinidad de pruebas irrefutables sobre el trabajo de Malena Gracia como prostituta. La puntilla llega en el número 30 de Dígame, donde se publica una entrevista a Susana Iglesias, presente en todos los saraos de serie B del famoseo nacional de la época, desde el programa Tómbola hasta la portada de Interviú. En dicha entrevista, Susana Iglesias confiesa que ella también ha ejercido la prostitución, y se atreve a afirmar que no sólo Malena Gracia, sino otras muchas famosas presentadoras, modelos y actrices, cuyos nombres cita, eran sus compañeras de gremio. En el siguiente número de Dígame se reproduce una nueva entrevista a la Iglesias —quien, por cierto, hizo un pequeño papel, precisamente interpretando a una ramera de lujo, en Torrente 2—, y en la que se incluía copia de la denuncia presentada en una comisaría, al parecer tras recibir varias amenazas de muerte por haber revelado la doble vida de sus famosas compañeras de burdel de lujo.
Pese a ello, el día 16 de noviembre del año 2000, Malena Gracia tuvo el valor de acudir al programa Crónicas marcianas de Tele 5, para negar categóricamente que trabajase como cortesana en una agencia de prostitución de lujo. En aquella intervención televisiva, alegó que los fotografías reproducidos por Dígame pertenecían a un vídeo sexual doméstico, que ella había grabado tres años atrás con un novio italiano.
Rodríguez Menéndez, sin ninguna compasión, concentró páginas y páginas de su revista en aportar nuevas evidencias sobre Malena, y en el editorial del número 5 de Dígame, exactamente en la página 3, deja caer una amenaza velada a la famosa vedette: «... nos vamos a ver obligados, en nuestro próximo número, a regalar el vídeo en la revista para que nuestros lectores te puedan ver y, además, oír esa vocecita cuando le decías a nuestro periodista que te encantaría repetir con él, o esos grititos de pasión mientras hacías el acto por el que te pagaba ... ». Furiosa, avergonzada y humillada, Malena Gracia terminó confesando públicamente que el vídeo era auténtico, y que ella ciertamente había trabajado como prostituta de lujo, en la misma agencia que la rumana Priscila.
Pero Rodríguez Menéndez ya había descubierto el filón, y durante las siguientes semanas las portadas de Dígame alcanzaron cotas inimaginables de grosería y amarillismo, nunca antes visto en la historia de la prensa española. El controvertido abogado, sin pelos en la lengua, acusaba de ejercer la prostitución de lujo a una lista interminable de actrices, modelos y presentadoras famosas. Por supuesto, requeriría mucho tiempo, esfuerzo y sobre todo dinero averiguar si todas esas famosas llevan una doble vida como mesalinas de lujo, o si se trata de un nuevo embuste de Rodríguez Menéndez. Además, y en el supuesto de que fuese cierto, tampoco se trata de un delito.
Sin embargo, y sin ánimo de entrar en polémicas, me consta que algunas famosas trabajan como prostitutas en agencias de alto standing. Lo sé porque durante esta investigación yo mismo he negociado con sus madames un servicio sexual concreto. Y mientras lo hacía, pensaba de nuevo en Susy, la nigeriana de Murcia. Y me reafirmaba en que nada diferencia a Susy de Malena Gracia o cualquier otra ramera de gran lujo, salvo lo que pueden pagar sus dientes. El precio sigue siendo lo único que marca la diferencia entre una y otra.
En el número 43 de Dígame, y tras lo que imagino fue un angustioso suplicio familiar y profesional, Malena Gracia concede una entrevista a Emilio Rodríguez Menéndez, para aparecer con él en la portada y reconocer públicamente que el abogado tenía razón. En lo que a mí me parece una cruel humillación innecesaria, Malena se ve obligada a posar con el editor de Dígame —que terminaría despidiendo a Bleda, por lo que él asumiría también la dirección de la revista—, y a redactar una carta manuscrita en la que reconoce la veracidad de lo publicado, pidiendo perdón al abogado por haberse atrevido a negar públicamente su trabajo como ramera. Triste.
Esa confesión pública, aunque forzada por las circunstancias, es la única razón por la que yo publico el nombre de Malena Gracia como una de las prostitutas de lujo que trabajaba con Priscila en la agencia del Eurobuilding-2. Servirá para dar al lector una referencia del tipo de famosas al que me referiré más adelante, ya que dentro del mundo de las escorts de lujo existe un curioso sistema al valorar el precio que puede cobrar una mesalina.
Manuel, el empresario barcelonés, fue uno de los clientes de Malena Gracia. Pero también contaba, en su particular currículum, con otras famosas que habían pasado por su cama. Entre ellas, una de las top—model españolas más importantes, habitual en las pasarelas Gaudí, Milán o Cibeles y modelo del año; o una conocida presentadora de televisión, improvisada náufraga en una famosa isla. Fue precisamente él quien me pondría al corriente del sistema de valoración de las prostitutas más caras de España.
—Mira, una tía como Priscila, reconocerás que es una mujer espectacular. Pues una como ella puede costar de 100.000 a 150.000 pesetas el polvo. Pero si apareciese como portada de Interviú, MAN, Cosmopolitan, o cualquier otra revista importante, ya podría cobrar más. No sé, quizá 200.000 0 250.000. Pero si sale en televisión ahí es cuando realmente empieza a tener morbo. Yo he conocido a muchas azafatas de programas conocidos, o actrices que han hecho pequeños papeles, o que hacen spots comerciales. Una de ésas te puede costar 300.000 o hasta 500.000. Aunque todo esto es muy relativo. Pero las famosas de verdad, las presentadoras, actrices, cantantes, etc., ésas no te bajan del millón de pelas. Y dependiendo de que estén haciendo ahora algún programa importante o alguna película de éxito, te pueden cobrar 3, 4, o 6 millones...
Manuel sabía de lo que hablaba. Se había gastado auténticas fortunas en agencias de alto standing, y sus apreciaciones sobre la valoración de esas súper escorts resultaron ser exactas. Yo lo comprobaría personalmente poco tiempo después, al visitar de su mano varias de esas agencias de gran lujo. En cuanto a la oscilación tan abismal de los precios, tardé en comprender su sentido. Una misma chica, que obviamente gozaría de un físico excepcional, podía cobrar cinco o diez veces más, por hacer el mismo trabajo, dependiendo tan sólo de su fama. Una portada de revista o un trabajo como azafata de televisión eran el único factor determinante para que unos pechos sensuales, unas caderas voluptuosas o unas largas piernas triplicasen su valor de la noche a la mañana, o lo menguasen.
Según Manuel, algunas de esas seudofamosas de medio pelo, a las que conocemos como «freaks» en el mundo de la televisión, se esforzaban en aparecer en cualquier programa o portada, improvisando montajes absurdos y disparatados, sólo para que al volver a aparecer en la pequeña pantalla, su precio como prostitutas volviese a subir. Y es que algunas escorts de lujo, que durante un tiempo trabajaron de azafatas en programas como Goles son amores, Osados o Telecupón, o interpretando pequeños papeles en series de televisión, y podían cobrar casi un cuarto de millón de pesetas por servicio, sufrieron una fuerte depresión al desaparecer de las pantallas, junto con sus respectivos programas, y pasaron a cobrar un tercio o menos de ese dinero, por realizar el mismo servicio. Muy pocas, como Yasmine, «novia» del ex marido de Norma Duval, han confesado públicamente haber ejercido la prostitución.
En cuanto a los clientes de estos servicios, no hace falta ser demasiado brillante para deducir que no todo el mundo puede permitirse gastar 1.000, 3.000, o 6.000 euros en un servicio sexual. Obviamente, los clientes de este tipo de prostitutas son políticos, futbolistas, toreros, empresarios, actores... en definitiva, individuos muy poderosos, que sin duda sienten un morbo especial, una intensa excitación, al observar una revista de un quiosco de prensa, o al disfrutar de un programa de televisión en compañía de su esposa e hijos, y ver en la pantalla o en la portada a la que fue su amante por unas horas. Como decía alguien, lo único peor que no acostarse con Claudia Schiffer es hacerlo y no poder contarlo. Por algún tipo de atávico complejo de inferioridad, los hombres necesitamos reafirmar nuestra virilidad, en base a la cantidad y calidad de nuestras conquistas. Aunque, como en el caso del parchís, por cada una que nos comemos contamos veinte. Por eso, para los puteros de lujo, resulta casi tan satisfactorio como el momento del sexo en sí, el instante en que pueden enseñar a sus amigos la portada de una revista, o señalar en la pantalla a tal o cual azafata de televisión y decir: «A ésta me la tiré yo». Realmente, somos criaturas patéticas.
De hecho, a medida que profundizaba en esta investigación, me veía obligado a reconsiderar una y otra vez mis conocimientos sobre anatomía. Finalmente, concluí que la medicina y la fisiología yerran al considerar que los órganos humanos se sitúan en la misma parte del cuerpo en el caso de las hembras y de los varones. Sin duda, el cerebro masculino no se encuentra alojado dentro del cráneo, sino en algún punto de los genitales, lo que me lleva a la firme convicci6n de que, en nuestro caso, dolencias como la sífilis, la gonorrea o las ladillas podrían considerarse enfermedades mentales...
Políticos, empresarios, futbolistas... los puteros de lujo
A medida que examinaba minuciosamente todos los números de la revista Dígame, publicados entre el año 2000 y el 2002, aumentaba mí asombro y perplejidad. Emilio Rodríguez Menéndez no respetaba a nada ni a nadie. Ya en los primeros números, el dúo dinámico Bleda/Menéndez incluía en las páginas de tan insigne publicación un anuncio en el que buscaban «cazarecompensas» dispuestos a ganar hasta un millón de pesetas, a cambio de cualquier exclusiva, cuanto más cruel y sangrante mejor. Eran los precursores de la tele-mierda actual, pero en formato impreso. De esta forma, justo es reconocerlo, Dígame consiguió algunos documentos gráficos que ni siquiera Interviú se atrevería a publicar. Como por ejemplo, un extenso reportaje en el que Dinio García, famoso por su idilio con Marujita Díaz, aparecía en una orgía celebrada en Valencia, con presuntas menores. Las fotos son realmente fuertes, y ninguna otra revista del corazón osaría divulgar un material como aquél. Una vez más, Dinio, como Malena
Gracia, se beneficiaron del pacto de silencio que pesaba sobre todo lo publicado en Dígame, tanto como de la pésima distribución de la revista, casi limitada a Madrid. No obstante, exclusivas como aquellas sórdidas fotos del cubano confirieron a la revista cierta credibilidad, lo que agravaba aún más los brutales titulares de portada de algunos de sus números. Como muestra, valgan los siguientes:
—Número 14: «El PP se va de putas». Políticos preeminentes del partido del gobierno, señalados como clientes habituales de las rameras famosas.
—Número 22: «Dinio corruptor de menores». Unas jóvenes valencianas ceden a la revista embarazosas fotografías del cubano.
—Número 25: «Putas y famosas». Junto con otras presentadoras y modelos famosas, aparece la primera foto de Patricia del Valle.
—Número 38: «Putas famosas de vacaciones en Marbella». Un conocido vidente es señalado como el intermediario entre las famosas y sus dientes en Marbella.
—Número 55: «Famosos y políticos sadomasoquistas». Periodistas, dirigentes políticos y artistas reconocidos son señalados como clientes de gabinetes SM.
—Número 78: «Famosos grabados en casas de putas». Otra larga lista de futbolistas, políticos o cantantes grabados mediante cámaras ocultas en burdeles españoles de gran lujo.
Como ejemplo del amarillismo salvaje y destructor es más que suficiente. Por supuesto, y a pesar de lo audaz y temerario de estas acusaciones, Menéndez continuaba reafirmándose en las mismas semana tras semana, sin que ningún poder político o judicial quisiese o pudiese evitarlo. Sin embargo, prácticamente ningún medio de comunicación se hacía eco de tan feroces titulares, y un profundo vacío aisló al resto de los medios de comunicación.
—De toda manera preferiré tener cerca a una presentadora, o a una relaciones públicas, o a una tía que sea la imagen publicitaria de mi pueblo, que me pueda tirar, ¿tú no?
—Sí, ya, claro. —Pero tranquilo, a mí me conocen en todas las agencias, y si vas conmigo, no tendrás problema en que te enseñen los books, ni en tirarte a un famosa. ¿A qué famosa te gustaría tirarte?
No le contesté. No podría. Todos los hombres, y más los profesionales de la televisión que compartimos con ellas sala de maquillaje, comedor o cafetería en las cadenas nacionales, hemos divagado más de una vez sobre lo atractiva que es tal o cual presentadora, tal o cual actriz, o tal o cual azafata. Pero Manuel no divagaba. El empresario me estaba preguntando realmente a cuál de las estrellas de la televisión, que pueblan las fantasías nocturnas de los adolescentes, y no tan adolescentes, deseaba hacer mía.
De repente, se estaba abriendo ante mí un mundo completamente desconocido. Un mundo clasista, elitista y corrupto en el que no existe ni el respeto ni la dignidad; en el que un puñado de escogidos, poderosos por su dinero y por conocer las vidas secretas de otros poderosos, pueden plantearse en la vida real cuestiones que para el resto de los mortales tan sólo son una fantasía onanista.
«¿A qué famosa te gustaría tirarte?»
Ni siquiera me podía imaginar, en aquel momento, las implicaciones de aquel descubrimiento. ¿Qué tipo de personas puede gastarse 1, 2 o 7 millones de pesetas en acostarse con una estrella de televisión? Evidentemente, hombres poderosos, pero no necesariamente por actividades legales. Poco a poco, iría conociendo a algunos de los clientes que han disfrutado de los encantos de esas divas de la pantalla. Sus testimonios terminaron por convencerme absolutamente de que todo aquello era cierto, porque los comentarios de un empresario sevillano o de un narcotraficante gallego, que no) se conocían entre sí, resultaban ser exactamente los mismos al valorar la habilidad con el «francés», o el dominio del «griego», de una, conocida presentadora y actriz latinoamericana afincada en España. Y no hablo de conocimientos idiomáticos precisamente. Sin especificar el precio justo de ese servicio...
Merecería el espacio de todo un libro detallar el lamentable desenlace de uno de estos servicios, que terminó con la muerte de un famosísimo empresario en una suite de lujo, a causa de una sobredosis de viagra. El corazón del millonario no pudo soportar la excitación de poseer a aquella famosa presentadora de televisión.
Definitivamente, Manuel sería una pieza clave en esta investigación. Acordamos que visitaríamos las agencias de famosas en mi próximo viaje a Barcelona. Necesitaba un poco de tiempo para preparar un plan. Si ya resulta arriesgado introducir una cámara oculta en un burdel de carretera, profanar los secretos sexuales de los personajes más poderosos del país podría ser algo doblemente peligroso, y necesitaba meditar mi próximo movimiento.
¿Productor cinematográfico y traficante de menores?
Pensaba en regresar a Murcia para continuar mi investigación sobre Sunny, cuando de pronto me encontré una nueva pista inesperada, que me retuvo unos días más en Barcelona. Desgraciadamente todo se complicaría, y me vería obligado a salir precipitadamente de la ciudad y a finalizar mi relación con Jesús.
Jesús es un putero de la vieja escuela. Su trabajo en la oficina de Correos de Barcelona nutre su adicción a las pelanduscas, de la misma forma que la agencia de noticias de Paulino alimenta su dependencia de las furcias en Galicia. Probablemente porque ninguna mujer se relacionaría con tipos tan abyectos y lamentables sin una gratificación económica por adelantado. Pero sospecho que Jesús va más allá. Desgraciadamente no lo puedo demostrar.
Yo he bebido mucho con ellos. Formaba parte del trabajo de siembra, del que luego podría recoger frutos más o menos interesantes.
No recuerdo la visita a ningún lupanar de la que no aprendiese algo. Entre copa y copa siempre se les escapaba algún comentario, alguna indiscreción, que yo podría utilizar posteriormente... a pesar de las atroces resacas del día siguiente.
Jesús, como casi todos los puteros, bebe más de la cuenta, y gracias a su indiscreción tuve conocimiento de la presunta implicación de un conocido director y productor cinematográfico barcelonés en el tráfico de menores rumanas, explotadas sexualmente en el barrio de San Antoni. Inmediatamente me puse a seguir esa pista.
Como siempre, primero exploré la zona donde debería haberse desarrollado esa parte de mi investigación. Para ello, utilicé a una amiga personal de Jesús, que sin tener idea de lo que yo me proponía me condujo a la plaza de Pes de la Palla, en plena Ronda de San Antoni. Allí, cada noche, un puñado de rameras, muchas de ellas rumanas menores de edad, esperan pacientemente su turno para ser mancilladas por algún españolito que no quiera internarse en los alrededores del Nou Camp, zona de putas mucho menos discreta. Recorrí aquellas calles, la del Tigre, Joaquín Costa, Paloma, etc., estudiando las posibles rutas de escape en caso de contratiempos, y marcando los dos miserables hoteluchos presuntamente cómplices del delito. Y digo delito porque para subir a la habitación con el cliente, son las rumanas las que deben dejar su documento de identidad en la recepción —lógicamente los puteros, mayormente casados, no desean identificarse en ningún momento—, y se tratará del documento de una menor.
Todo estaba preparado y cierta noche yo debía reunirme con Jesús para conocer al productor y director cinematográfico en cuestión, quien ha participado en algunas de las películas más taquilleras del cine español de los últimos años. Llevaba ya varios días frecuentando el restaurante que hace esquina entre las calles de Floridablanca y Villarroel, justo debajo del domicilio de Jesús, y muy cerca de Pes de la Pau” donde suelen reunirse. Y de pronto, todo se fue al gárrete.
Fue una lamentable coincidencia. Jesús conservaba un ejemplar de la revista en la que había aparecido mi fotografía meses atrás. Al principio no había relacionado a Tiger88 conmigo, ya que jamás habíamos hablado del tema, ni tampoco existía ninguna razón para hacerlo. Pero aquella noche, y de forma casual, Jesús escuchó una entrevista al autor de Diario de un skin en la radio barcelonesa. La única condición que pongo para conceder entrevistas es que mi identidad continúe en el anonimato, y en este caso el técnico de sonido, un tal julio Perea, que me había prometido que manipularía mi voz para hacerla irreconocible, no lo hizo. 0 al menos no lo hizo lo suficientemente bien. Jesús reconoció mi voz y toda la operación se fue a la mierda por la incompetencia profesional de aquel técnico de sonido.
Estoy seguro de que toda la historia es real. De que aquel productor cinematográfico participa de alguna manera en el negocio de la prostitución, e intuyo que Jesús también, pero no tengo ninguna prueba. No pude obtenerlas a causa de que un preclaro técnico de sonido se atrevió a opinar que mi exigencia de alterar la voz durante las entrevistas a Tiger88 era sólo una cuestión de marketing, para parecer más misterioso y vender más libros. Su actuación irresponsable e incompetente podría haberme costado la vida, si en vez de un Jesús furioso a través del teléfono, hubiera sido un proxeneta armado el que me hubiera identificado por culpa de aquella entrevista. Suponiendo, claro, que julio Perea, como Luís Alfonso Gámez y otros periodistas afines al movimiento neonazi, no desease intencionadamente que alguien le pegue un tiro a cualquier persona identificada como , fuese yo o no.
Ante aquel imprevisto, me vi obligado a abortar toda la operación de las rumanas y salir precipitadamente de Barcelona. Imagino que ahora, esas menores continuarán siendo prostituidas en los alrededores de Pes de la Palla, pero yo no pude hacer nada por evitarlo, a causa de un técnico radiofónico. Quizá ahora comprenda que si renuncio al reconocimiento a mi trabajo, y exijo que mi imagen y mi voz sean distorsionadas en todas las entrevistas, es porque tengo buenas razones para hacerlo.
Se reconocen y protegen los derechos: a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
Constitución Española, art. 20, 1
Manuel es un adinerado empresario catalán cuya fortuna fue consolidada gracias a un braguetazo. Su esposa, con influyentes parientes en Marbella, desconoce totalmente su doble vida, pero Manuel de vez en cuando echa una canita al aire en clubes como el Riviera o el Saratoga, cercanos a su domicilio en Casteldefels. Sé que vive allí porque la noche que le conocí en uno de esos clubes, yo mismo me ofrecí a llevarlo a su hogar conyugal. Aún yo no lo sabía, pero el tipo moreno de ojos pequeños y brillantes que estaba con él, en la barra del Riviera, era un importante narcotraficante internacional, con el que yo terminaría negociando...
Sin embargo, en general, a Manuel no le gustan los clubes de carretera, ni siquiera aunque sean tan lujosos como los de Castelldefels. Él frecuenta otro tipo de servicios y, de no haber sido por su inestimable colaboración, yo jamás podría haber accedido a ellos. Se trata de las agencias más selectas que trabajan con las escorts, o prostitutas de lujo, más caras y sofisticadas. Éste es el escalafón más alto en el negocio del sexo profesional, vetado a los ciudadanos medios, y reservado a los puteros más adinerados. Empresarios, Políticos, actores o deportistas de elite, en disposición de gastarse entre 600 Y 42.000 euros —de 100.000 a 7 millones de pesetas por un rato de placer con una chica que haya sido portada de Interviú o MAN, o con una top-model reconocida, o incluso con una famosa actriz, cantante o presentadora de televisión.
Para cuando conocí a Manuel, ya llevaba muchos meses sumergido en el mundo de la prostitución, y podía permitirme cierta seguridad y experiencia al hablar del tema. Creo que fue eso, mi seguridad al hablar del negocio, lo que me hizo ganar su confianza.
Manuel pensaba que yo era un traficante de mujeres, entre otros negocios delictivos, con burdeles en Bilbao y Marbella. Sin embargo, en esta ocasión, lo de atribuirme la propiedad de un burdel en Málaga casi me cuesta un disgusto.
Aunque me lo explicó, no tengo clara la lejana relación familiar que Manuel tiene con el vidente de la jet más famoso de España, pero aquel parentesco hacía que conociese bien Puerto Banús y el elitista ambiente de los burdeles de Marbella. Así que jugué de farol y le cité algunos conocidos clubes malagueños como el Milady Palace de Puerto Banús, La Sirenita de Benalmádena, o los Selecta y Geísha de Torremolinos. Intenté hacerle creer que yo tenía algunas de mis rameras trabajando en aquellos locales, cuyos nombres le sonaban familiares y tragó el anzuelo con el sedal y la caña. Entusiasmado por nuestra incipiente relación, terminó por presentarme a Priscila, una rumana espectacular que ha llegado a cobrar hasta 400.000 pesetas por un servicio.
Priscila fue una «chica Fontaneda», y entre sus dientes se cuentan importantes abogados, toreros, empresarios y deportistas de Madrid y Barcelona. Me comentaba divertida, en una de nuestras últimas entrevistas, al poco de que la controvertida Nuria Bermúdez declarase, en verano del 2003, que se había acostado con media plantilla del Real Madrid, que la misma Priscila y muchas de sus compañeras habían hecho lo mismo mucho antes que la Ber1núdez. De hecho, debo confesar que los nombres de muchos componentes del club blanco han aparecido una y otra vez en mis conversaciones con prostitutas de toda España, con el agravante de que todas coinciden en los mismos detalles, así que debo deducir que cuando el río suena... Supongo que es mera casualidad, pero todas las prostitutas que me han relatado sus orgías con jugadores del Real Madrid eran de aspecto nórdico, auténticas valkirias. Mis ex camaradas de Ultrassur al menos podrán estar tranquilos en ese sentido. La unidad racial, aunque sea con rameras, ha quedado salvaguardada... Salvo por el detalle de que algunos de los mejores clientes de mis amigas eran todo lo contrario a hombres arios...
Orgullosa, Priscila presumía de sus recién adquiridos pechos de silicona, ciertamente esplendorosos, alegando que se los había puesto el mismo cirujano que a Yola Berrocal. Ignoro si este punto puede considerarse como algo digno de orgullo. Actualmente trabaja en uno de los burdeles más famosos de España, con sucursales en Barcelona, Madrid, Vigo, Marbella, etc. Sin embargo, hastiada de sus jefes, estaba dispuesta a conocer nuevos ambientes, y ahí es donde entraban mis supuestos clubes de lujo en Bilbao y Marbella. Además, Priscila, como el 90 por ciento de las meretrices que hay en España, carece de documentación legal, y yo le había hecho creer a Manuel que mis contactos con el crimen organizado incluían a falsificadores de pasaportes, tarjetas de residencia, ofertas de trabajo, etc.
La rumana acudió a la cita de la mano del putero, a bordo del espectacular descapotable rojo que le había regalado un conocidísimo empresario del mundo del espectáculo madrileño, encaprichado por los favores sexuales de la impresionante rubia con las tetas de Yola Berrocal. Como me había ocurrido con Susy en Murcia, me aproveché de mis viajes anteriores, en este caso por Rumania, para romper el hielo. Todas las mesalinas que he conocido recuerdan con cierta añoranza sus países de origen y aceptan entusiasmadas una conversación cálida e informal sobre la gastronomía, la historia, la música o la cultura de su patria. Así que desempolvé de la memoria mis recuerdos de Bucarest, Constanza, Tirgoviste o los verdes Cárpatos, y durante unos minutos creo que Priscila disfrutó con nuestro intercambio de recuerdos rumanos. Manuel sonreía satisfecho. Su intercesión había resultado enriquecedora para ambos.
Por fin, en un ambiente más distendido, la rumana comenzó a relatar, ante mi cámara oculta, su currículum profesional, que incluía haber compartido agencia con algunas de las cantantes, actrices o presentadoras más famosas de España, ejerciendo con ellas la prostitución en absoluto secreto. Priscila trabajaba en un local de alteme convencional, hasta que uno de sus clientes habituales, un conocidísimo abogado madrileño, le propuso cambiar de lugar de trabajo. Transcribo el español casi perfecto de Priscila, tal y como lo grabó su cámara oculta.
—Él me ha aconsejado que no esté cara al público todas las noches, que es mejor hacer las mismas cosas, pero en discreto y por más dinero. Y entonces me dio el número de teléfono de esta agencia.
—Llamaste a la agencia, ¿y? —Cuando llamé primera vez me han preguntado qué edad tengo, si tengo celulitis, si tengo estrías. Les he dicho que tengo veintisiete, aunque tenía ya veintiocho, y la edad máxima eran veinticinco. Pero cuando me han visto se han quedado encantados y me han hecho fotos en bañador y todo, y bueno, bien. Pero yo por ser normal y corriente, el precio eran 150.000.
—¿150.000 pesetas? —Esto fue hace tres años. El precio mínimo eran 150.000 pesetas y la chica más cara eran seis millones. La más cara era M. S.
Priscila había pronunciado el nombre de una famosísima presentadora de televisión. Me quedé anonadado, pero intenté mantener la compostura. Se suponía que, como proxeneta profesional, no deberían impresionarme aquellas revelaciones. Todos los periodistas de España hemos escuchado rumores sobre famosas actrices, modelos, cantantes o presentadoras que ejercían la prostitución en secreto, pero aquella voluptuosa y exuberante rumana me estaba explicando con toda naturalidad que una de las presentadoras más famosas de la televisión era su compañera de burdel hace sólo tres años.
En su libro Yo puta, Isabel Pisano relata un curioso episodio protagonizado por ella misma y una importante madame madrileña llamada Patricia, regente de una agencia de prostitutas de lujo. Según relata Pisano, la celestina le había pedido que intercediese presentándole a algunas famosas, que la tal Patricia intentaba reclutar para su agencia de rameras de alto standing: «Oye, yo tengo clientes maravillosos de cuatro y cinco millones de pesetas por una noche, pero tienen el capricho de Ivonne Reyes, Mar Flores, Ana Obregón. ¿No me las podrías presentar?». Según relata la autora de Yo puta, al interrogar a la madame sobre cómo pretendía convencer a aquellas famosas para que se prostituyesen a su servicio, ésta respondió: «Es muy fácil, al principio las contacto para un desfile de bañadores, y cuando llega el momento, les digo que el desfile saltó, pero que el dueño de la marca está dispuesto a pagar la misma cifra del desfile por una noche con ellas; la mayor parte acepta» (pp. 28-29).
La primera vez que leí el libro de Pisano, aquel párrafo me pasó desapercibido. Ahora estoy en disposición de certificar, por experiencia propia, que refleja una absoluta realidad. Yo también terminaría negociando el contrato de varios servicios sexuales con famosas españolas, cerrando el precio en 3 millones de pesetas por cada una. El nombre de la madame citada por Pisano era la argentina Patricia del Valle Areyes, y su agencia era la misma en la que trabajaba Priscila... Pero no adelantaré acontecimientos.
—Seis millones... Eso es mucho dinero.
—Lo que pasa es que no lo sé cómo tienen el trato, pero la mitad siempre es para la madame. Lo que sé es que la agencia quedaba en la calle Orense, en el edificio Eurobuilding-2, en la habitación 326. El teléfono sí que no me acuerdo. Me imagino que si vas allí, te abrirá una señorita muy amable, te invitará a una copita, y te enseñará el book de señoritas. Antiguamente sólo por ver el book eran 15.000 pesetas.
—¿Y quién aparecía en ese book? —No, las chicas que trabajábamos en esa agencia no podíamos ver el book. Pero el book lo sacaron en una revista... Dígame. Porque yo traté con el abogado Rodríguez Menéndez, poco tiempo, pero él lo sacó en su revista Dígame.
Inmediatamente anoté en mi lista de tareas pendientes una visita a la Hemeroteca Nacional, en la madrileña plaza de Colón, para buscar en los archivos de las publicaciones españolas la tal revista Díganw, aunque en ese momento opté por no interrumpir el relato de la rumana.
—Trabajábamos en hotel y en la misma agencia, que había dos cuartitos por si el cliente no tenía hotel y quería hacerlo allí. Si íbamos a hotel nos pagaba a nosotras el cliente y después le dábamos la mitad a la agencia, y si era en la agencia, al revés.
—¿Y por qué dejaste de trabajar allí? —Un día me llaman de la agencia y me dicen que hay un abogado de Barcelona que en vez de 150.000 sólo va a pagar 100.000 pero que es muy amable y muy rápido. Y si es muy rápido, eso es lo que importa, y son 100.000, bueno, 50 para mí y 50 para la agencia. Y si es rápido, y guapo, y amable, y joven, pues bueno, fui. Al principio bien, pero después se puso muy violento. Quería cosas, no sé, sin preservativo y tal. Y entonces, llorando, de rodillas, me dijo que nunca había pagado a ninguna chica tanto dinero. Le digo, pero si has pagado una mierda, 100.000. Y me dice, si he pagado 400.000 por ti. Entonces me puse a llorar, cómo podían darme a mí 50 y él pagar 400.000.
Aquella estafa por parte de la agencia marcó definitivamente a Priscila, que continúa ejerciendo la prostitución, pero por su cuenta. Por eso se había reunido conmigo. Tomen nota todas las escorts españolas, por si sus agencias también las están estafando, cosa que no me extrañaría. Sin embargo, lo más sorprendente estaba por llegar. Aquella misma agencia le había propuesto a Priscila acompañar a un cliente de confianza en un viaje a EE. UU., sin embargo, un problema legal con su visado impidió el viaje. Poco después le propusieron otro desplazamiento, con el mismo cliente, pero a México. Priscila cobraría 200.000 pesetas al día, durante una semana. Sin embargo, la rumana ya no confiaba en la agencia.
—Yo hablé con mucha gente y todos me han desaconsejado. Mira, ellos te pagan por adelantado, pero quién sabrá lo que pasará en México. Yo no sé qué rollos tendrán. Igual me venden por diez millones o por veinte a un burdel y no vuelvo jamás. Me destrozan la cara, me follan ahí cincuenta tíos, boca, culo, cara y todo y por eso decidí no ir. Me han dicho, pues no te llamamos más, y así se acabó.
¿Es posible que España no sea sólo un país de destino, sino que mafias españolas vendan a su escorts de lujo a su vez, a burdeles de otros países? A medida que profundizaba en esta investigación, la sensación de vértigo que me inundaba, haciéndome sentir que el suelo desaparecía bajo mis pies a cada paso, se agudizaba cada vez más. Pero todavía me aguardaban muchas sorpresas.
Con pasmosa naturalidad, Priscila me comentó que entre sus compañeras en aquella agencia se encontraban otras famosas presentadoras de televisión, cantantes y actrices, auténticos mitos sexuales entre los españoles. Al escuchar aquellos nombres, no pude evitar recordar que mi hermano pequeño todavía tiene en su habitación los pósters de alguna de aquellas famosas, que han sido portada de revistas como Interviú o MAN. Estoy seguro de que disfrutaría más que nadie de las revelaciones de Priscila, porque de pronto aquellas famosas habían dejado de ser mitos eróticos inalcanzables. Ya no eran tan sólo una adolescente fantasía sexual en un papel colgado de la pared. Cualquier español, con el dinero suficiente, podría materializar aquel sueño. Y nada diferenciaba a aquellas populares divas de la pantalla de Susy o de cualquiera de las rameras de burdel que había conocido en mi periplo por los lupanares de todo el país. Nada, salvo el precio. Sin embargo, esa diferencia abismal en los honorarios implica ciertos matices en el servicio, a los que ni las prostitutas callejeras acceden. Por ejemplo, es una ley no escrita entre las cortesanas de todo el mundo que cierto tipo de cosas no se pueden hacer, salvo que sean consideradas y pagadas como «servicios especiales», que no todas las furcias admiten. La inmensa mayoría de las mesalinas no accede al sexo anal, ni a la felación sin preservativo ni, por encima de todo, a besar en los labios. El beso en la boca se reserva para el amado y no se regala al cliente pago. Sin embargo, Priscila era contundente al tocar este punto en relación a las famosas.
—Te voy a decir una cosa, otra de las cosas que no me gustaba de la agencia es que, como decían que las que estábamos allí no somos profesionales, si el cliente decía que le chupes sin condón hay que chupar sin condón, y si quiere beso, también hay que besarle, y si quiere que le chupes el culo, también hay que chuparle el culo, ¿entiendes? Así de claro. Tan finas son, las famositas, por seis millones de pesetas...
Con muy buen criterio, Priscila añadía que seis millones es mucho dinero, pero si el cliente tenía una enfermedad, como el sida, y por realizarle una felación sin preservativo, la prostituta, famosa o no, era infectada, aquellos seis millones no compensaban.
—Malena, por ejemplo, empezó a trabajar en una sauna de Castellana, con una amiga mía. Antes de venir a la agencia. Como la Yasmine, que estaba en un chalet. Pero Malena Gracia empezó con una amiga mía...
Malena Gracia, de la sauna al Hotel Glarm
Buceé en la hemeroteca hasta hacerme con todos los números de la revista Dígame, de la que me había hablado Priscila. Y no podía dar crédito a lo que estaba viendo ante mí. En el mes de octubre del año 2000, el polémico abogado Emilio Rodríguez Menéndez presentaba en sociedad la revista Dígame. Con Rodríguez Menéndez como editor y Javier Bleda, otro histórico de la extrema derecha española junto a José Luís Roberto o Blas Piñar, como director, la pareja volvía a coincidir años después de su aventura al frente del diario Ya. El legendario rotativo madrileño se había ido a la quiebra tras la gestión de Menéndez y Bleda, que no habían dudado en publicar lo que nadie más osaba publicar, para intentar vender periódicos. Ellos fueron los primeros en divulgar la existencia de un vídeo pornográfico en el que presuntamente aparecería Pedro 1. Ramírez, director de El Mundo, con una prostituta de color llamada Exuperantia R. Menéndez y Bleda, sin par dúo dinámico, habían roto las reglas implícitas en el mundo de la comunicación, que acuerdan no airear los trapos sucios de los poderosos. Todos los periodistas, y me incluyo, hemos sufrido la censura alguna vez, al intentar divulgar informaciones políticamente incorrectas. Lo sé mejor que nadie. Muchos de mis reportajes han sido censurados, cuando no secuestrados totalmente por la cadena que debía emitirlos. Pero lo malo del binomio Menéndez/Bleda no era que osasen divulgar lo que todos preferían omitir, lo peor es que durante su gestión al frente de Ya, tampoco tenían pudor en inventar la noticia, cuando ésta no existía. Su vergonzoso fraude en tomo al sangrante caso Alcásser, cuando toda la opinión publica vivía con un dolor sin precedentes el triple crimen de Miguel Ricart y Antonio Anglés, todavía dama al cielo. Sin ningún tipo de respeto, Ya publicó en portada que habían descubierto y entrevistado a Antonio Anglés, el criminal español más buscado de la historia, en un país sudamericano. Ilustraban la entrevista con varias fotografías en las que el mismísimo Rodríguez Menéndez posaba con el supuesto Anglés. Las ventas de periódicos se dispararon, sobre todo cuando el propio Menéndez fue entrevistado por Pepe Navarro en su programa Esta noche cruzamos el Mississippi y contó con todo lujo de detalles su presunta investigación periodística, que habría desembocado en la localización del asesino de Alcásser. Pero la gloria le duró poco al abogado, ya que pocas semanas después de aquel pelotazo del Ya, los periodistas de Interviú localizaron en Argentina al supuesto Anglés, que resultó ser un simple modelo, físicamente parecido al asesino, que ni siquiera era consciente del escándalo que había desatado en España su aparición. Todo había sido un montaje urdido por Rodríguez Menéndez para vender periódicos, como terminaría confesando él mismo posteriormente.
Con semejantes antecedentes, la opinión pública ya sabía lo que podía esperar de la reaparición de Menéndez y Bleda ———quien, por cierto, había dirigido durante un tiempo la revista de Mario Conde, MC—. Desde su primer número, en que arremetía contra la periodista Karmele Mardiante desde la portada, Dígame se ganó las antipatías de toda la comunidad periodística española. Un pacto de silencio se cernió sobre la publicación de Rodríguez Menéndez y Javier Bleda, dispuestos a publicar lo que nadie se atrevía ni tan siquiera a sugerir en las tertulias televisivas sobre el mundo del corazón. Dígame se propuso no respetar nada ni a nadie, y lo demostró sin duda al llegar a su tercer número, publicado el día 6 de noviembre del año 2000. El titular de portada era tan grosero como elocuente: «Descubrimos una red de prostitución de famosas: Malena Gracia ejerce de puta».
En su línea de un seudoperiodismo salvaje y brutal, la revista Dígame había preparado una encerrona a Malena Gracia, con la que Rodríguez Menéndez había mantenido una relación sentimental, aunque intuyo más profesional que afectiva, que había saltado a la prensa rosa ese mismo año. La vedette y el abogado aparecían en actitud muy cariñosa —imagino que amor de pago— durante unas vacaciones en Miami. Ya he explicado que las meretrices deben aceptar prácticas sexuales que rozan las parafilias...
En venganza por el evidente desplante, supongo, ya que hasta la ramera con más estómago tiene un límite, un supuesto periodista había contratado los servicios de Malena en la misma agencia en la que trabajaba Priscila, citándose en un conocido hotel madrileño con la famosa cantante y actriz, que por aquellas fechas trabajaba con Arévalo en una serie de Antena 3.
El autotitulado periodista de Dígame había acudido a la agencia del edificio Eurobuilding-2 para ver el catálogo de prostitutas, pagando 15.000, pesetas por el derecho a ver el book, y 25.000, más en concepto de adelanto. Tras escoger a Malena Gracia para el servicio, pidió que se la mandasen al hotel Meliá Casfifia hacia las 20:30 horas de aquel 30 de octubre del año 2000, y Malena acudió a la cita. Una vez allí, exactamente en la habitación XXX, le abonó las 115.000 pesetas restantes, para completar las 150.000 estipuladas por acostarse con Malena Gracia. Y durante la siguiente hora y media mantuvieron dos contactos sexuales completos. Omitiré, por respeto, todos los detalles escabrosos que el pretendido periodista no omite en la revista de Rodríguez Menéndez.
Después del humillante montaje del falso Anglés en Ya, probablemente nadie conferiría ninguna credibilidad al reportaje sobre mesalinas famosas de Dígame, si no fuese porque el seudoperiodismo había grabado todo el episodio, escondiendo una cámara de vídeo en la habitación del hotel. Sin ninguna compasión por los sentimientos de Malena Gracia, Rodríguez Menéndez incluía varios fotogramas del vídeo, en los que la cantante aparece practicando el sexo explícito con su cliente, tanto en la portada como en el reportaje de Dígame. Pero pocos privilegiados pudieron ver aquel ejemplar del número 3 de la revista.
La publicación de Bleda/Menéndez era un semanario que aparecía los lunes, pero alguien había filtrado a la popular vedette que el lunes 6 saldría en portada de Dígame un reportaje sobre su doble vida, ilustrado con imágenes de uno de sus contactos sexuales. Ese alguien era Ana María B., una madre y esposa, ex miembro de la Guardia Civil, destinada en la vigilancia de la Casa Real, junto a otros compañeros de la III Comandancia, que había sido expulsada del cuerpo por ejercer la prostitución. Tras una investigación de Asuntos Internos, con expediente abierto el día 12 de agosto de 1997, una sentencia del Supremo confirma su expulsión del cuerpo «por ofender la dignidad de la institución y mantener conductas contrarias al Reglamento y a las Reales Ordenanzas». Había permanecido casi diez años en el cuerpo con un excelente expediente, hasta que se descubrió su doble vida, ilustrada en un sórdido vídeo grabado en la agencia en la que trabajaba, a través de una cámara escondida en el burdel para grabar a los dientes importantes. Sus compañeros de la III Comandancia, y después los de Asuntos Internos, contemplaron con morbosa curiosidad la imágenes registradas en esa cinta de vídeo, en la que el encargado del lupanar aparece enmascarado, cobrando a cada uno de los clientes que contratan los servicios de la guardia, señal inequívoca de que él sí sabía que una cámara grababa los encuentros sexuales de Ana María. Su posado, desnuda, en la portada de Interviú aún aparece, a mediados del 2003, en algunos books de famosas que yo he visto personalmente, en agencias de prostitución de lujo de Madrid y Barcelona, ignoro si con el consentimiento de la ínclita, que ahora posee varias peluquerías en Leganés. Al conocer su historia, inevitablemente recordé los apuntes del agente Juan sobre el injusto binomio Guardia Civil—burdeles...
El domingo 5 de noviembre, a las 17 horas, Malena Gracia se presentó en el juzgado de Instrucción número 18 de Madrid, acompañada de Ana María B., para interponer una denuncia contra la revista Dígame, en un intento desesperado por evitar que la publicación de Rodríguez Menéndez llegase a los quioscos de Madrid. Por suerte para la vedette, la distribución de Dígame se limitaba prácticamente a la capital de España.
A las 8 de la mañana del lunes 6, sin haber podido pegar ojo por la angustia y el terror de que su familia, amigos y fans descubriesen su vida secreta, Malena se personó en el juzgado de Instrucción número 2 de Alcobendas, acompañada por la ex guardia civil, para interponer una nueva denuncia contra Dígame, como último intento por evitar la distribución del número, que ya había salido de imprenta. Y lo consiguió, parcialmente.
A primera hora de la tarde la secretaria judicial se personó en la redacción de la revista para paralizar la distribución del número 3 de Dígame. Sin embargo algunos ejemplares estaban ya en circulación y, a pesar del tabú que se cernía sobre el tema de las famosas, algunos medios de comunicación, pocos y marginalmente, se hicieron eco de la noticia. A la semana siguiente, el número 4 de Dígame se agotó en todos los quioscos de Madrid, y Rodríguez Menéndez, envalentonado por el éxito editorial de aquella portada, que tenía aspecto más de vendetta personal que de interés periodístico, inició una campaña brutal y salvaje contra Malena Gracia, y contra otras famosas que, según él, ejercían la prostitución.
Durante varios meses se publicaron muchas noticias, comentarios de opinión —entre ellos, algunos muy hirientes firmados por Nuria Bermúdez, articulista fija en Dígame, que terminaría siendo también acusada por Menéndez de ejercer la prostitución—, y reportajes aportando infinidad de pruebas irrefutables sobre el trabajo de Malena Gracia como prostituta. La puntilla llega en el número 30 de Dígame, donde se publica una entrevista a Susana Iglesias, presente en todos los saraos de serie B del famoseo nacional de la época, desde el programa Tómbola hasta la portada de Interviú. En dicha entrevista, Susana Iglesias confiesa que ella también ha ejercido la prostitución, y se atreve a afirmar que no sólo Malena Gracia, sino otras muchas famosas presentadoras, modelos y actrices, cuyos nombres cita, eran sus compañeras de gremio. En el siguiente número de Dígame se reproduce una nueva entrevista a la Iglesias —quien, por cierto, hizo un pequeño papel, precisamente interpretando a una ramera de lujo, en Torrente 2—, y en la que se incluía copia de la denuncia presentada en una comisaría, al parecer tras recibir varias amenazas de muerte por haber revelado la doble vida de sus famosas compañeras de burdel de lujo.
Pese a ello, el día 16 de noviembre del año 2000, Malena Gracia tuvo el valor de acudir al programa Crónicas marcianas de Tele 5, para negar categóricamente que trabajase como cortesana en una agencia de prostitución de lujo. En aquella intervención televisiva, alegó que los fotografías reproducidos por Dígame pertenecían a un vídeo sexual doméstico, que ella había grabado tres años atrás con un novio italiano.
Rodríguez Menéndez, sin ninguna compasión, concentró páginas y páginas de su revista en aportar nuevas evidencias sobre Malena, y en el editorial del número 5 de Dígame, exactamente en la página 3, deja caer una amenaza velada a la famosa vedette: «... nos vamos a ver obligados, en nuestro próximo número, a regalar el vídeo en la revista para que nuestros lectores te puedan ver y, además, oír esa vocecita cuando le decías a nuestro periodista que te encantaría repetir con él, o esos grititos de pasión mientras hacías el acto por el que te pagaba ... ». Furiosa, avergonzada y humillada, Malena Gracia terminó confesando públicamente que el vídeo era auténtico, y que ella ciertamente había trabajado como prostituta de lujo, en la misma agencia que la rumana Priscila.
Pero Rodríguez Menéndez ya había descubierto el filón, y durante las siguientes semanas las portadas de Dígame alcanzaron cotas inimaginables de grosería y amarillismo, nunca antes visto en la historia de la prensa española. El controvertido abogado, sin pelos en la lengua, acusaba de ejercer la prostitución de lujo a una lista interminable de actrices, modelos y presentadoras famosas. Por supuesto, requeriría mucho tiempo, esfuerzo y sobre todo dinero averiguar si todas esas famosas llevan una doble vida como mesalinas de lujo, o si se trata de un nuevo embuste de Rodríguez Menéndez. Además, y en el supuesto de que fuese cierto, tampoco se trata de un delito.
Sin embargo, y sin ánimo de entrar en polémicas, me consta que algunas famosas trabajan como prostitutas en agencias de alto standing. Lo sé porque durante esta investigación yo mismo he negociado con sus madames un servicio sexual concreto. Y mientras lo hacía, pensaba de nuevo en Susy, la nigeriana de Murcia. Y me reafirmaba en que nada diferencia a Susy de Malena Gracia o cualquier otra ramera de gran lujo, salvo lo que pueden pagar sus dientes. El precio sigue siendo lo único que marca la diferencia entre una y otra.
En el número 43 de Dígame, y tras lo que imagino fue un angustioso suplicio familiar y profesional, Malena Gracia concede una entrevista a Emilio Rodríguez Menéndez, para aparecer con él en la portada y reconocer públicamente que el abogado tenía razón. En lo que a mí me parece una cruel humillación innecesaria, Malena se ve obligada a posar con el editor de Dígame —que terminaría despidiendo a Bleda, por lo que él asumiría también la dirección de la revista—, y a redactar una carta manuscrita en la que reconoce la veracidad de lo publicado, pidiendo perdón al abogado por haberse atrevido a negar públicamente su trabajo como ramera. Triste.
Esa confesión pública, aunque forzada por las circunstancias, es la única razón por la que yo publico el nombre de Malena Gracia como una de las prostitutas de lujo que trabajaba con Priscila en la agencia del Eurobuilding-2. Servirá para dar al lector una referencia del tipo de famosas al que me referiré más adelante, ya que dentro del mundo de las escorts de lujo existe un curioso sistema al valorar el precio que puede cobrar una mesalina.
Manuel, el empresario barcelonés, fue uno de los clientes de Malena Gracia. Pero también contaba, en su particular currículum, con otras famosas que habían pasado por su cama. Entre ellas, una de las top—model españolas más importantes, habitual en las pasarelas Gaudí, Milán o Cibeles y modelo del año; o una conocida presentadora de televisión, improvisada náufraga en una famosa isla. Fue precisamente él quien me pondría al corriente del sistema de valoración de las prostitutas más caras de España.
—Mira, una tía como Priscila, reconocerás que es una mujer espectacular. Pues una como ella puede costar de 100.000 a 150.000 pesetas el polvo. Pero si apareciese como portada de Interviú, MAN, Cosmopolitan, o cualquier otra revista importante, ya podría cobrar más. No sé, quizá 200.000 0 250.000. Pero si sale en televisión ahí es cuando realmente empieza a tener morbo. Yo he conocido a muchas azafatas de programas conocidos, o actrices que han hecho pequeños papeles, o que hacen spots comerciales. Una de ésas te puede costar 300.000 o hasta 500.000. Aunque todo esto es muy relativo. Pero las famosas de verdad, las presentadoras, actrices, cantantes, etc., ésas no te bajan del millón de pelas. Y dependiendo de que estén haciendo ahora algún programa importante o alguna película de éxito, te pueden cobrar 3, 4, o 6 millones...
Manuel sabía de lo que hablaba. Se había gastado auténticas fortunas en agencias de alto standing, y sus apreciaciones sobre la valoración de esas súper escorts resultaron ser exactas. Yo lo comprobaría personalmente poco tiempo después, al visitar de su mano varias de esas agencias de gran lujo. En cuanto a la oscilación tan abismal de los precios, tardé en comprender su sentido. Una misma chica, que obviamente gozaría de un físico excepcional, podía cobrar cinco o diez veces más, por hacer el mismo trabajo, dependiendo tan sólo de su fama. Una portada de revista o un trabajo como azafata de televisión eran el único factor determinante para que unos pechos sensuales, unas caderas voluptuosas o unas largas piernas triplicasen su valor de la noche a la mañana, o lo menguasen.
Según Manuel, algunas de esas seudofamosas de medio pelo, a las que conocemos como «freaks» en el mundo de la televisión, se esforzaban en aparecer en cualquier programa o portada, improvisando montajes absurdos y disparatados, sólo para que al volver a aparecer en la pequeña pantalla, su precio como prostitutas volviese a subir. Y es que algunas escorts de lujo, que durante un tiempo trabajaron de azafatas en programas como Goles son amores, Osados o Telecupón, o interpretando pequeños papeles en series de televisión, y podían cobrar casi un cuarto de millón de pesetas por servicio, sufrieron una fuerte depresión al desaparecer de las pantallas, junto con sus respectivos programas, y pasaron a cobrar un tercio o menos de ese dinero, por realizar el mismo servicio. Muy pocas, como Yasmine, «novia» del ex marido de Norma Duval, han confesado públicamente haber ejercido la prostitución.
En cuanto a los clientes de estos servicios, no hace falta ser demasiado brillante para deducir que no todo el mundo puede permitirse gastar 1.000, 3.000, o 6.000 euros en un servicio sexual. Obviamente, los clientes de este tipo de prostitutas son políticos, futbolistas, toreros, empresarios, actores... en definitiva, individuos muy poderosos, que sin duda sienten un morbo especial, una intensa excitación, al observar una revista de un quiosco de prensa, o al disfrutar de un programa de televisión en compañía de su esposa e hijos, y ver en la pantalla o en la portada a la que fue su amante por unas horas. Como decía alguien, lo único peor que no acostarse con Claudia Schiffer es hacerlo y no poder contarlo. Por algún tipo de atávico complejo de inferioridad, los hombres necesitamos reafirmar nuestra virilidad, en base a la cantidad y calidad de nuestras conquistas. Aunque, como en el caso del parchís, por cada una que nos comemos contamos veinte. Por eso, para los puteros de lujo, resulta casi tan satisfactorio como el momento del sexo en sí, el instante en que pueden enseñar a sus amigos la portada de una revista, o señalar en la pantalla a tal o cual azafata de televisión y decir: «A ésta me la tiré yo». Realmente, somos criaturas patéticas.
De hecho, a medida que profundizaba en esta investigación, me veía obligado a reconsiderar una y otra vez mis conocimientos sobre anatomía. Finalmente, concluí que la medicina y la fisiología yerran al considerar que los órganos humanos se sitúan en la misma parte del cuerpo en el caso de las hembras y de los varones. Sin duda, el cerebro masculino no se encuentra alojado dentro del cráneo, sino en algún punto de los genitales, lo que me lleva a la firme convicci6n de que, en nuestro caso, dolencias como la sífilis, la gonorrea o las ladillas podrían considerarse enfermedades mentales...
Políticos, empresarios, futbolistas... los puteros de lujo
A medida que examinaba minuciosamente todos los números de la revista Dígame, publicados entre el año 2000 y el 2002, aumentaba mí asombro y perplejidad. Emilio Rodríguez Menéndez no respetaba a nada ni a nadie. Ya en los primeros números, el dúo dinámico Bleda/Menéndez incluía en las páginas de tan insigne publicación un anuncio en el que buscaban «cazarecompensas» dispuestos a ganar hasta un millón de pesetas, a cambio de cualquier exclusiva, cuanto más cruel y sangrante mejor. Eran los precursores de la tele-mierda actual, pero en formato impreso. De esta forma, justo es reconocerlo, Dígame consiguió algunos documentos gráficos que ni siquiera Interviú se atrevería a publicar. Como por ejemplo, un extenso reportaje en el que Dinio García, famoso por su idilio con Marujita Díaz, aparecía en una orgía celebrada en Valencia, con presuntas menores. Las fotos son realmente fuertes, y ninguna otra revista del corazón osaría divulgar un material como aquél. Una vez más, Dinio, como Malena
Gracia, se beneficiaron del pacto de silencio que pesaba sobre todo lo publicado en Dígame, tanto como de la pésima distribución de la revista, casi limitada a Madrid. No obstante, exclusivas como aquellas sórdidas fotos del cubano confirieron a la revista cierta credibilidad, lo que agravaba aún más los brutales titulares de portada de algunos de sus números. Como muestra, valgan los siguientes:
—Número 14: «El PP se va de putas». Políticos preeminentes del partido del gobierno, señalados como clientes habituales de las rameras famosas.
—Número 22: «Dinio corruptor de menores». Unas jóvenes valencianas ceden a la revista embarazosas fotografías del cubano.
—Número 25: «Putas y famosas». Junto con otras presentadoras y modelos famosas, aparece la primera foto de Patricia del Valle.
—Número 38: «Putas famosas de vacaciones en Marbella». Un conocido vidente es señalado como el intermediario entre las famosas y sus dientes en Marbella.
—Número 55: «Famosos y políticos sadomasoquistas». Periodistas, dirigentes políticos y artistas reconocidos son señalados como clientes de gabinetes SM.
—Número 78: «Famosos grabados en casas de putas». Otra larga lista de futbolistas, políticos o cantantes grabados mediante cámaras ocultas en burdeles españoles de gran lujo.
Como ejemplo del amarillismo salvaje y destructor es más que suficiente. Por supuesto, y a pesar de lo audaz y temerario de estas acusaciones, Menéndez continuaba reafirmándose en las mismas semana tras semana, sin que ningún poder político o judicial quisiese o pudiese evitarlo. Sin embargo, prácticamente ningún medio de comunicación se hacía eco de tan feroces titulares, y un profundo vacío aisló al resto de los medios de comunicación.
—De toda manera preferiré tener cerca a una presentadora, o a una relaciones públicas, o a una tía que sea la imagen publicitaria de mi pueblo, que me pueda tirar, ¿tú no?
—Sí, ya, claro. —Pero tranquilo, a mí me conocen en todas las agencias, y si vas conmigo, no tendrás problema en que te enseñen los books, ni en tirarte a un famosa. ¿A qué famosa te gustaría tirarte?
No le contesté. No podría. Todos los hombres, y más los profesionales de la televisión que compartimos con ellas sala de maquillaje, comedor o cafetería en las cadenas nacionales, hemos divagado más de una vez sobre lo atractiva que es tal o cual presentadora, tal o cual actriz, o tal o cual azafata. Pero Manuel no divagaba. El empresario me estaba preguntando realmente a cuál de las estrellas de la televisión, que pueblan las fantasías nocturnas de los adolescentes, y no tan adolescentes, deseaba hacer mía.
De repente, se estaba abriendo ante mí un mundo completamente desconocido. Un mundo clasista, elitista y corrupto en el que no existe ni el respeto ni la dignidad; en el que un puñado de escogidos, poderosos por su dinero y por conocer las vidas secretas de otros poderosos, pueden plantearse en la vida real cuestiones que para el resto de los mortales tan sólo son una fantasía onanista.
«¿A qué famosa te gustaría tirarte?»
Ni siquiera me podía imaginar, en aquel momento, las implicaciones de aquel descubrimiento. ¿Qué tipo de personas puede gastarse 1, 2 o 7 millones de pesetas en acostarse con una estrella de televisión? Evidentemente, hombres poderosos, pero no necesariamente por actividades legales. Poco a poco, iría conociendo a algunos de los clientes que han disfrutado de los encantos de esas divas de la pantalla. Sus testimonios terminaron por convencerme absolutamente de que todo aquello era cierto, porque los comentarios de un empresario sevillano o de un narcotraficante gallego, que no) se conocían entre sí, resultaban ser exactamente los mismos al valorar la habilidad con el «francés», o el dominio del «griego», de una, conocida presentadora y actriz latinoamericana afincada en España. Y no hablo de conocimientos idiomáticos precisamente. Sin especificar el precio justo de ese servicio...
Merecería el espacio de todo un libro detallar el lamentable desenlace de uno de estos servicios, que terminó con la muerte de un famosísimo empresario en una suite de lujo, a causa de una sobredosis de viagra. El corazón del millonario no pudo soportar la excitación de poseer a aquella famosa presentadora de televisión.
Definitivamente, Manuel sería una pieza clave en esta investigación. Acordamos que visitaríamos las agencias de famosas en mi próximo viaje a Barcelona. Necesitaba un poco de tiempo para preparar un plan. Si ya resulta arriesgado introducir una cámara oculta en un burdel de carretera, profanar los secretos sexuales de los personajes más poderosos del país podría ser algo doblemente peligroso, y necesitaba meditar mi próximo movimiento.
¿Productor cinematográfico y traficante de menores?
Pensaba en regresar a Murcia para continuar mi investigación sobre Sunny, cuando de pronto me encontré una nueva pista inesperada, que me retuvo unos días más en Barcelona. Desgraciadamente todo se complicaría, y me vería obligado a salir precipitadamente de la ciudad y a finalizar mi relación con Jesús.
Jesús es un putero de la vieja escuela. Su trabajo en la oficina de Correos de Barcelona nutre su adicción a las pelanduscas, de la misma forma que la agencia de noticias de Paulino alimenta su dependencia de las furcias en Galicia. Probablemente porque ninguna mujer se relacionaría con tipos tan abyectos y lamentables sin una gratificación económica por adelantado. Pero sospecho que Jesús va más allá. Desgraciadamente no lo puedo demostrar.
Yo he bebido mucho con ellos. Formaba parte del trabajo de siembra, del que luego podría recoger frutos más o menos interesantes.
No recuerdo la visita a ningún lupanar de la que no aprendiese algo. Entre copa y copa siempre se les escapaba algún comentario, alguna indiscreción, que yo podría utilizar posteriormente... a pesar de las atroces resacas del día siguiente.
Jesús, como casi todos los puteros, bebe más de la cuenta, y gracias a su indiscreción tuve conocimiento de la presunta implicación de un conocido director y productor cinematográfico barcelonés en el tráfico de menores rumanas, explotadas sexualmente en el barrio de San Antoni. Inmediatamente me puse a seguir esa pista.
Como siempre, primero exploré la zona donde debería haberse desarrollado esa parte de mi investigación. Para ello, utilicé a una amiga personal de Jesús, que sin tener idea de lo que yo me proponía me condujo a la plaza de Pes de la Palla, en plena Ronda de San Antoni. Allí, cada noche, un puñado de rameras, muchas de ellas rumanas menores de edad, esperan pacientemente su turno para ser mancilladas por algún españolito que no quiera internarse en los alrededores del Nou Camp, zona de putas mucho menos discreta. Recorrí aquellas calles, la del Tigre, Joaquín Costa, Paloma, etc., estudiando las posibles rutas de escape en caso de contratiempos, y marcando los dos miserables hoteluchos presuntamente cómplices del delito. Y digo delito porque para subir a la habitación con el cliente, son las rumanas las que deben dejar su documento de identidad en la recepción —lógicamente los puteros, mayormente casados, no desean identificarse en ningún momento—, y se tratará del documento de una menor.
Todo estaba preparado y cierta noche yo debía reunirme con Jesús para conocer al productor y director cinematográfico en cuestión, quien ha participado en algunas de las películas más taquilleras del cine español de los últimos años. Llevaba ya varios días frecuentando el restaurante que hace esquina entre las calles de Floridablanca y Villarroel, justo debajo del domicilio de Jesús, y muy cerca de Pes de la Pau” donde suelen reunirse. Y de pronto, todo se fue al gárrete.
Fue una lamentable coincidencia. Jesús conservaba un ejemplar de la revista en la que había aparecido mi fotografía meses atrás. Al principio no había relacionado a Tiger88 conmigo, ya que jamás habíamos hablado del tema, ni tampoco existía ninguna razón para hacerlo. Pero aquella noche, y de forma casual, Jesús escuchó una entrevista al autor de Diario de un skin en la radio barcelonesa. La única condición que pongo para conceder entrevistas es que mi identidad continúe en el anonimato, y en este caso el técnico de sonido, un tal julio Perea, que me había prometido que manipularía mi voz para hacerla irreconocible, no lo hizo. 0 al menos no lo hizo lo suficientemente bien. Jesús reconoció mi voz y toda la operación se fue a la mierda por la incompetencia profesional de aquel técnico de sonido.
Estoy seguro de que toda la historia es real. De que aquel productor cinematográfico participa de alguna manera en el negocio de la prostitución, e intuyo que Jesús también, pero no tengo ninguna prueba. No pude obtenerlas a causa de que un preclaro técnico de sonido se atrevió a opinar que mi exigencia de alterar la voz durante las entrevistas a Tiger88 era sólo una cuestión de marketing, para parecer más misterioso y vender más libros. Su actuación irresponsable e incompetente podría haberme costado la vida, si en vez de un Jesús furioso a través del teléfono, hubiera sido un proxeneta armado el que me hubiera identificado por culpa de aquella entrevista. Suponiendo, claro, que julio Perea, como Luís Alfonso Gámez y otros periodistas afines al movimiento neonazi, no desease intencionadamente que alguien le pegue un tiro a cualquier persona identificada como , fuese yo o no.
Ante aquel imprevisto, me vi obligado a abortar toda la operación de las rumanas y salir precipitadamente de Barcelona. Imagino que ahora, esas menores continuarán siendo prostituidas en los alrededores de Pes de la Palla, pero yo no pude hacer nada por evitarlo, a causa de un técnico radiofónico. Quizá ahora comprenda que si renuncio al reconocimiento a mi trabajo, y exijo que mi imagen y mi voz sean distorsionadas en todas las entrevistas, es porque tengo buenas razones para hacerlo.
Wednesday, March 15, 2006
Capítulo 5: El precio de la dignidad
La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social.
Constitución Española, art.10-1
Regresé a Vigo con la intención de volver a encontrarme con Loveth. Necesitaba más información sobre Susy para saber cómo afrontar el caso y averiguar la mejor manera de llegar a Sunny, pero llegué tarde. Lo de que me había estado esperando la noche que nos conocimos, por indicación de ALECRIN, era cierto. Según me explicaron, al día siguiente dejó el club, donde no conseguía el dinero suficiente para abonar su deuda y se fue a probar fortuna en un prostíbulo francés. Maldije mi suerte. Sin embargo, podía intentarlo con otras nigerianas que abundan tanto en los prostíbulos gallegos, como en el resto de los burdeles del país. Esa misma noche me ocurrirían cosas sorprendentes y conocería una de las historias más duras y terribles con que me he encontrado en mi descenso a los infiernos de la prostitución.
Fue un encuentro total, completa y absolutamente casual. Conducía de Vigo hacia Santiago, donde debería reunirme con Juan a la mañana siguiente. Recuerdo que era viernes noche. Entré en Pontevedra por el sur y me perdí. No conseguía encontrar la carretera de Santiago, así que di varias vueltas por las calles pontevedresas en busca de la salida norte y, de pronto, en plena madrugada, me encontré con una joven que me hacía señas desde la acera.
Pensé que podía preguntarle la dirección hacia Santiago, ya que a esas horas no hay mucha gente a quien pedir una indicación por las calles de Pontevedra, así que acerqué el coche y bajé la ventanilla. Se trataba de una joven que aparentaba veintitantos años. Vestía una minifalda muy mini y unos zapatos de tacón que estilizaban sus piernas largas y bien torneadas. A cierta distancia parecía una joven muy atractiva, y seguramente lo fue algún día, pero al acercarse a la ventanilla del coche pude ver su rostro completamente demacrado. Tenía la cara llena de manchas y pequeñas cicatrices, y recuerdo que lo primero que pensé es que debía de tener sida. Y posiblemente así era.
—Hola, perdona, ¿puedes indicarme cómo salir hacia Santiago? —Claro, yo te digo por dónde ir, pero ¿tú puedes acercarme a mí a la estación de autobuses?
—Trato hecho. Doy mi palabra de que en aquel momento no tenía ni idea de con quién estaba. Pensé que se trataba de alguna chica que había salido de la discoteca y se dirigía a su domicilio. Ni siquiera se me pasó por la cabeza la idea de que una mujer, tan profundamente deteriorada, pudiese ser una profesional del sexo. Por eso, cuando apoyó su mano en mi rodilla y me dijo si ya sabía a qué se dedicaba, reaccioné como un estúpido.
—Pues... no sé... ¿Estudias? Aquella joven se echó a reír. Fue la primera y penúltima vez que pude disfrutar de su sonrisa y por todo lo que supe después, creo que hacía un montón de tiempo que no sonreía. No me dio muchas opciones para adivinar su oficio, porque rápidamente me soltó a quemarropa: «Soy una puta». Es curioso cómo las cosas vienen a ti cuando estás en sintonía con ellas.
Terminamos tomando un café en una cervecería del centro de Pontevedra, charlando sobre todo tipo de temas. Ella había sido cantante y había actuado en muchas ocasiones en la Televisión de Galicia. De hecho, había trabajado con Juan Pardo y, aunque a una escala muy humilde, en realidad sería la primera «famosa» dedicada a la prostitución que iba a conocer en mi investigación. Tenía una hija, que vivía con sus abuelos en Vigo, y era profundamente desgraciada.
Dijo llamarse M4 Carmen R. C., y me contó una historia terrible. Su madre acababa de morir, víctima de una sobredosis, y ella decía desear la muerte. La menor de tres hermanas, aseguraba que todas ellas habían sido violadas desde niñas, desembocando en la prostitución. Ignoro si mentía.
—¿Tú no te acuerdas del chico que murió en Orense hace unos años, aplastado por una roca mientras se follaba a una gallina?
La verdad es que aquello del hombre sepultado por una roca mientras practicaba la zoofilia me sonaba familiar, pero la historia resultaba demasiado rocambolesca para ser cierta. Asentí con la cabeza.
—Pues ése era mi hermano, Herminio. Sólo días después, al consultar en Internet y en la hemeroteca de Madrid, descubriría varias noticias de prensa —como El Caso del 1 de octubre de 1990— en las que se relataba con todo detalle el kafkiano episodio del hombre que murió aplastado en Orense.
La joven no mentía y de esta forma, Mi Carmen me confió su historia personal, repleta de maltratos, violaciones y drogodependencias. Ella era la única de las tres hermanas que había conseguido salir de ese mundo, aunque sólo durante un periodo limitado de tiempo. Un matrimonio roto la hizo caer de nuevo en la drogadicción y de ahí pasó a la prostitución.
Charlamos durante un par de horas y cada episodio de la vida de aquella joven parecía más dramático que el anterior. Ningún hombre podría evitar que aflorase un paternal instinto protector con aquella chica, que inspiraba una profunda compasión. Me ofrecí a llevarla a su casa. Ya es tarde —le dije— y hoy no creo que puedas hacer ningún servicio, vámonos a dormir.
Me indicó el camino y no tardamos en llegar a un lugar sacado de la imaginación delirante de algún guionista de cine B. No se trataba de una casa, sino de un trastero en un bloque de edificios situado en la parte posterior de la Estación de Autobuses de Pontevedra. Allí ejercían su oficio y vivían varias prostitutas callejeras de la ciudad. Bajamos las escaleras en silencio para no despertar a sus «vecinas». Al abrir su trastero, me invadió un repugnante olor a orines y a humedad.
El lugar era siniestro y cuesta imaginar que algún hombre pueda hacer el amor en un sitio así, por muy excitado que esté. Aquel habitáculo apenas medía unos seis metros cuadrados. Un colchón tirado en el suelo y una caja de madera que hacía las veces de mesa de noche eran todo el mobiliario, exceptuando un viejo armario destartalado, con una de sus puertas colgando de una única bisagra.
Donde en otro tiempo se encontraron los cajones de aquel armario, ahora existía un espacio vacío que había sido habilitado como improvisada cuna de un gato moribundo, que Mil Carmen cuidaba con una devoción indescriptible. En cuanto entramos, tomó una jeringuilla con un poco de leche y la acercó a la boca del animal, que presentaba un aspecto verdaderamente lamentable. Una cicatriz le cruzaba la cara en diagonal y le faltaba un ojo. La cuenca vacía me miraba con la misma expectación con que yo contemplaba tan surrealista escena. No podía dar crédito a lo que me estaba sucediendo. Me sentía como el personaje de una pesadilla. Aquella situación almodovariana era completamente onírica, pero lo peor aún estaba por llegar.
Mientras alimentaba a aquella mascota, M” Carmen me contó que se la había encontrado tirada en la cuneta, un par de noches antes. Llegaba a ese picadero con un diente que, según ella, le había pedido un servicio especial que iba a pagarle muy bien —intuí que se trataba de una sesión de sadismo, dadas las cicatrices de su cuerpo—, pero en cuanto vio al animal se conmovió y lo recogió del asfalto. Al parecer, el diente se enfadó, porque prestaba más atención al minino moribundo que a sus demandas sexuales, pero a ella no le importó. Ojalá mi dominio del castellano fuese suficiente para transmitir al lector los sentimientos que me inspiraba aquella chica y su relato. Pero no soy tan buen escritor como para poder describir aquellos olores, aquel bochorno sofocante, aquella opresión en el corazón al participar de un episodio tan siniestro como esperpéntico.
De pronto me percaté de que, pegado a la pared, lucía un póster publicitario de una orquesta. Uno de esos grupos populares que tanto abundan en los pueblos españoles. Mi Carmen se dio cuenta de que aquella imagen había llamado mi atención y se levantó para señalar a la cantante del grupo, que posaba en la parte central de la fotografía. «Mira, ésta era yo antes de acabar así ... Actuamos con Juan Pardo muchas veces... Si me viese Juan ahora...»
El cambio físico era brutal, aunque podía reconocer fácilmente que la chica que estaba ante mí y la rolliza cantante de la orquesta eran la misma persona. Y aunque apenas habían transcurrido dos años entre la foto y el momento actual, la ex cantante parecía haber envejecido dos décadas al menos. Probablemente por los efectos de las drogas y las enfermedades. Fue entonces cuando se puso a llorar. Yo no sabía cómo reaccionar, ni qué hacer o decir, ni cómo consolarla. Volvió a recordarme que su madre había muerto de sobredosis y que ella deseaba morir también. En ese preciso momento decidió que necesitaba fumar una dosis de droga.
Tomó un bote que tenía sobre la improvisada mesilla y un mechero, y empezó a manipular un trozo de papel de plata. Confieso que soy un completo ignorante en el mundo de las drogas, así que le pregunté qué estaba haciendo. «Un chino —me dijo, Para ver si reviento de una puta vez.»
Estúpido de mí. Hasta ese día jamás había escuchado la expresión «chirio», así que pensé que quería decir «chiría». Y aunque mi conocimiento de las drogas es nulo, durante mi infiltración con grupos de extrema izquierda había fumado cientos de «chirías» de hachís y deduje que era a eso a lo que se refería. Mi ignorancia era superlativa. Por eso, en un arrebato de necio paternalismo, le propuse que nos la fumásemos a medias. Como si pudiese evitar, consumiendo la mitad del hachís, que se hiciese más daño del que se hacía a diario. Como si por compartir una toma pudiese evitar el riesgo de sobredosis que se cernía sobre ella cada noche. Como si, por aquel arrebato de egoísta caballerosidad, pudiese aliviar la enorme tristeza que me inspiraba aquella mujer. Fue una reacción absurda, pero no pude evitarlo. Supongo que de esa forma me sentía un poco menos culpable.
Yo observaba en silencio cómo manipulaba aquella sustancia, cómo la colocaba sobre el papel albal y la calentaba desde abajo con un mechero hasta evaporarla, y cómo la aspiraba con un billete enrollado a manera de tubo. Desde luego, aquello no era un porro y hasta un ignorante como yo se daba cuenta. Pero pensé que tal vez era una forma diferente de consumir las «chinas», así que no hice preguntas, y después de un par de caladas, le pedí que me lo pasase. En cuanto aspiré, recibí un golpe en el estómago. Aquel hachís era mucho más fuerte que todo el «chocolate» que yo había fumado en las casas okupas o en los locales anarquistas. Sin embargo, no protesté y seguí inhalando aquella «china» hasta que las arcadas y el mareo se empezaron a hacer insoportables.
—Joder con la «china», eh, qué costo más fuerte... —¿Costo? ¿Cómo que costo? ¿Qué «china»? Esto es un «chino» de heroína ——dijo la joven, que rompió en una maravillosa carcajada. Fue la última vez que la vi reír.
Me quedé boquiabierto. Aquella sustancia que estaba ingiriendo era heroína fumada. Un «chino». La ignorancia es muy osada, y yo soy muy osado. Le pedí a Mil Carmen que se acostase y me quedé con ella hasta que se durmió. Agradecida, me propuso hacerme un «francesito rápido y gratis» para que me fuese relajado. Naturalmente, rechacé su generoso ofrecimiento y cuando se quedó dormida, la arropé y me marché. Me costó verdaderos esfuerzos conseguir vomitar, y más aún, Regar hasta Santiago para reunirme con Juan por la mañana. Creo que estuvo riéndose de mí unos cuarenta minutos. La historia de aquella ex cantante, hermana de un violador de gallinas aplastado en pleno polvo animal, adicta a la heroína y rescatadora de gatos moribundos, le parecía desternillante. Aunque sin duda, lo que más gracia le produjo fue mi estupidez completa al confundir una «china» de hachís con un «chino» de heroína. Pero creo que mis ojeras y mi dolor de estómago mostraban a las claras que todo lo que le había contado, por increíble que pareciese, era rigurosamente cierto. Por eso se reía tanto de mí.
Lapidada en Madrid
Esa noche Juan me acompañaría a varios prostíbulos gallegos. En uno de ellos, cómo no, nos encontraríamos con Paulino realizando su ruta habitual, pero el mercenario de la información no quena ser presentado, así que esa noche me escurrí del putero más veterano de Galicia.
Juan había prometido que, si lo que buscaba eran historias dramáticas, él podía presentarme a un millón de furcias con dramas humanos iguales o mayores que los de Mil Carmen. Y no exageraba. Resultaba mucho más sencillo acceder a las fulanas a través de Juan o Paulino, a quienes, por razones bien distintas, consideraban personas de confianza. Sería demasiado extenso transcribir todas las terribles historias que conocí de labios de las prostitutas. Cada una de ellas podría ocupar un capítulo o un libro entero, porque todas las profesionales del sexo tienen un pasado atroz y terrible. Todas, o al menos la mayor parte, han sufrido en sus carnes episodios de tortura, humillación, violaciones, vejaciones, etc., digan lo que digan los honrados empresarios de ANELA. Algunas, desgraciadamente, no han sobrevivido para poder contarlo.
—Te apetece ver una redada en un puticlub? —me espetó de golpe Juan.
—Coño, claro.
—Mañana, a las 20:15 horas, la poli va a entrar en uno que no está demasiado lejos de aquí, el Lido. Si quieres, vamos, pero nada de cámaras.
—OK.
Así es como tuve la oportunidad de presenciar, en directo, una redada en un prostíbulo, Y precisamente en ese burdel, el Lido —que forma parte de la llamada «ruta del placer» junto a otros prostíbulos como el Casablanca o Los Cedros—, conocería la terrible historia de Helen, una historia dura y brutal como pocas, pero que a mí me serviría para conocer un poco mejor los métodos de las mafias africanas, a las que ya había iniciado un acercamiento. Helen está muerta. Fue asesinada. A mí me contó su historia Mery, una buena amiga de Juan, ex compañera en la Casa de Campo de la desafortunada, y que llegaría a convertirse también en una buena amiga y cómplice mía.
Según Mery, todo ocurrió en febrero de 1998, en el barrio de Vicálvaro de Madrid. Helen Igbinoba había nacido el día 17 de julio del año ig6o en Nigeria, pero llevaba ya varios años trabajando como prostituta en España. Sin embargo, poco antes de su triste final, fue vendida por su madame a otro master.
Helen ya había conseguido pagar, según sus cuentas, cuatro millones de pesetas de la deuda asumida para venir a Europa, pero para el nuevo master no era bastante. Friday E. 0., que así se llamaba su nuevo dueño, era un nigeriano dispuesto a amortizar al máximo su inversión en una nueva esclava sexual. Nacido en Benin City el día 20 de febrero de 1955, hijo de Zanko y Alice, titular del número de identificación de extranjero X-133I.... Friday tenía una amante habitual que hacía las veces de madame de sus fulanas. Se llamaba Esosa E., alias Otiti, había nacido en Benin City el día 12 de diciembre de 1972 y era hija de Azz. Según amigas de la víctima, Otiti pudo haber sido la inductora del triste desenlace.
Helen era sólo una de las muchas fulanas que Friday mantenía en su piso de la calle del General Ricardos de Madrid, pero fue la única que un día intentó rebelarse. Dijo que ya bastaba, que quería dejar de vender su cuerpo, pero su master no estaba dispuesto a permitírselo. Presuntamente contrató dos matones que la recogieron en la Casa de Campo, como si fuesen dos clientes más, y la violaron y golpearon repetidas veces. La noticia pasó desapercibida en la prensa, porque la violación de una ramera parece menos violación que la de cualquier otra mujer. Helen entendió la advertencia, y durante algunos meses volvió a convertirse en una esclava dócil y sumisa. Pero el asco acumulado, a fuerza de soportar las babas de los españoles que contrataban sus servicios, volvió a hacerse insoportable. Los españoles no somos ni más ni menos cerdos que cualquier otro tipo de cliente para las prostitutas. No es nada personal.
El día 24 de febrero de 1998, Helen dijo que ya no soportaba más aquella humillación y aquel sufrimiento. Había tenido que vivir un viaje atroz desde Nigeria para llegar a Europa en busca de una vida mejor, y sólo se había encontrado convertida en un títere sexual de los civilizados hombres blancos. Pero de nuevo, su propietario, que la había comprado para que le diese dinero, no estaba dispuesto a perder su inversión. Ante la negativa de Helen de volver a la Casa de Campo, según me narraba su amiga, presuntamente la arrastró hasta un descampado en la carretera de Vicálvaro a Mejorada del Campo cerca del kilómetro 1,500, donde la golpeó salvajemente con una piedra para después semiocultar el cuerpo, al menos el rostro de su víctima, con grandes rocas. Ni siquiera en su muerte la pobre nigeriana dejaría de sufrir. La torpeza del traficante asesino, que no remató la faena, según relataban todas sus compañeras, hizo que Helen aún estuviese viva en el momento de ser abandonada. Murió sola, e imagino que desangrada, aterrorizada y desesperada.
Friday fue absuelto finalmente por falta de pruebas y simplemente extraditado a Nigeria. Helen se convirtió en un número más en las frías estadísticas policiales. Otra fulana muerta, enterrada en una fosa común sin nombre. Recordé lo que me había dicho Isabel Pisano: «... Un cuerpo desmembrado en la morgue. No tiene nombre, ni cabeza, ni huellas digitales, ni nada. Es alguien que se va sin una oración, sin una flor, de la peor de las maneras ... ».
Desde el londinense Jack el Destripador, hasta el valenciano Joaquín Ferrandis, las prostitutas han sido las víctimas perfectas para los mayores asesinos en serie de la historia. E incluso para los más torpes aprendices de criminal. Las putas mueren mejor que nadie, porque a nadie le importa su muerte. Y Helen fue el enésimo ejemplo de esa cruel desidia homicida. Tendría gracia si no fuese tan dramático: Helen huyó de Nigeria, donde las mujeres adúlteras son lapidadas, para morir del mismo modo en una capital europea. A veces parece imposible huir del destino...
Mery apenas había terminado de relatarme la atroz historia de Helen, cuando Juan me dio una patada por debajo de la barra, reclamando m¡ atención hacia la entrada del local. En ese instante, un grupo de hombres, vestidos de paisano, entraba en el Lido. Eran exactamente las ocho y cuarto de la tarde. La policía había sido puntual.
Los agentes exhibieron sus placas y pidieron a todas las chicas que se apiñasen al fondo del local para ser identificadas. Todas obedecieron, menos una colombiana que se agazapó a mis pies, entre el odia dejar taburete en el que yo estaba sentado y el de Juan. Él no podía dejar de reír. Imagino que mi cara de pánfilo era muy elocuente. Una vez más, en esta investigación, no supe cómo reaccionar. Supongo que mi deber era advertir a los agentes de que se les había escapado una de las fulanas, pero no lo hice.
Entonces me di cuenta de que, por increíble que parezca, aquella colombiana agachada a mis pies estaba rezando... ¡a Lucifer! PO, si todavía no tenía claro que en el mundo de la prostitución pueden encontrarse los episodios más insólitos y pintorescos, aquél era un nuevo ejemplo. Esta chica estaba suplicándole a Lucifer que la protegiese de la Policía. «Lucifer mío, Lucifer mío, ayúdame y te ayudaré»... ¡Y la ayudó!
Permanecimos en el local, acabándonos nuestras copas, como si la redada no fuese con nosotros, y poco a poco, mientras iban siendo identificadas una por una, las jóvenes volvían gradualmente al bar. Cuando había ya unas ocho o diez en la sala, la colombiana «satánica» salió de su escondite y se unió a las demás. Mientras, Juan —sospecho que el verdadero responsable de aquella redada— me ponía en antecedentes sobre lo que estaba ocurriendo.
—Ahora van a proceder al registro y van a trincar al encargado, Joachim Sclímitt, alias Joaquín el Alemán. A éste te habría gustado conocerlo. Varias chicas colombianas lo han denunciado por traerlas ilegalmente, amenazarlas y coaccionarlas para ejercer la prostitución. Después, detendrán a Miguel Ángel Díaz Gómez, porque según las chicas era el que les daba «el paseíllo».
—¿«El paseíllo»? —Buff, lo que te queda por aprender... ¡El «paseíllo»! 0 sea, que las cogía, les daba dos hostias y las llevaba a un descampado donde les enseñaba una pistola y unas esposas y las acojonaba un poco para que se portasen bien. Hace seis meses ya le habíamos pillado por importar colombianas y revenderlas en España a los dueños de los puticlubs de esta zona.
—Pero, tú estás de coña. ¡Cómo van a vender mujeres en España en pleno siglo XXI! La esclavitud se abolió hace siglo y medio.
—Pero qué ingenuo eres ——dijo Juan entre carcajadas—. ¿Y tú te vas a infiltrar en las mafias? Te van a dejar el culo como un bebedero de patos como seas tan pringado. ¡Claro que se compran y se venden mujeres en España! Lo que pasa es que a nadie le importa y nadie hace nada.
—¿Tú crees que sería posible demostrarlo? ¿Podría yo comprar Una Mujer en España?
—Lo dudo. Mucho te lo vas a tener que currar para poder pasar por un traficante y conseguir que hablen contigo los mafiosos. Pero si lo consigues, sin que te peguen un tiro, te pago yo una cena y Un Polvo.
Acepté el reto, más por orgullo que por interés en el premio, y antes de abandonar el local, pedí a la colombiana que invocaba a Lucifer su número de teléfono. Sabía que me debía un favor por no haberla delatado y me lo dio. Al día siguiente volvería a verla, pero esta vez fuera del local. Cuando salimos, pedí permiso a Juan para tomar unas imágenes de los coches de Policía aparcados frente al Lido durante la detención de El Alemán, y me lo concedió a cambio de que borrase las matrículas de los coches de policía si publicaba la foto. Nuestro pacto es que sólo grabaría cuando él me lo autorizase, y siempre respeté ese trato. Después, continuamos nuestra ruta de burdel en burdel.
A la mañana siguiente, telefoneé a la chica del Lido para invitarla a comer. Se presentó con una compañera nigeriana llamada Cinthya, que terminaría siendo una de mis mejores amigas en ese mundo, y gracias a ellas conocí muchos más detalles de las trastiendas de la prostitución. Hasta el extremo de que, en una ocasión, llegó a confiarme un sobre con más de 600 euros para que yo lo ingresase en una sucursal de Caja Madrid, en la cuenta 2038-19-2829-3000334... a nombre de Janet James, su madame...
De todas las informaciones que me facilitaron, hay una que destaca por encima de las demás. Se trata de un documento escalofriante. Es el contrato que muchos master y madames obligan a firmar a sus zorras, y utilizo esta expresión para ilustrar la naturaleza animal que los proxenetas confieren a sus rameras, negándoles su condición humana y despersonalizándolas totalmente.
Sólo por el hecho de haber conseguido uno de estos documentos, todos los esfuerzos habían valido la pena. No añadiré nada más. Me limito a reproducir el texto de estos escalofriantes contratos, redactados en inglés y castellano, por los que las prostitutas otorgan a sus chulos el derecho a acabar con su vida, o con la de sus familiares, si son desobedientes, si acuden a la Policía o si se niegan a pagar la deuda que asumen para poder venir a Europa:
Un acuerdo:
Yo .................... con fecha ................. prometo pagar la suma de $40.000 dólares (cuarenta mil dólares) la suma que tengo que pagar a mi tía Iveve Osarenkhoc es de $43.000 dólares (cuarenta y tres mil dólares)
Yo .................... declaro que no voy a fallar las normas y no voy a contar nada a la Policía, hasta que la cantidad completa es pagada. Si yo fallo las normas, tía Iveve Osarenkhoc tiene el derecho de matarme a mí y a mi familia en Nigeria. Mi vida es equivalente a la suma que debo a mí madam Iveve Osarenkhoe: (mi señora)
Yo ................... declaro que este acuerdo me es explicado en mi dialecto y que lo comprendo completamente. Que va a ser destruido después de que pague la suma total.
Firma del contratante contratado
Espeluznante, pero profundamente revelador. Estos contratos prueban que el miedo y el pánico son la principal herramienta de trabajo para las mafias del tráfico de mujeres. Lo terrorífico es que las jóvenes llegasen a firmar esos contratos para poder venir a Europa, en unas condiciones infrahumanas. ¿Cómo es posible que acepten estoicamente todo este sufrimiento, esta vida sumida en el terror, tan sólo para venir al primer mundo a seguir sufriendo? Aún tardaría en comprender que, para muchas de ellas, los proxenetas y las mafias de la prostitución son considerados como la única salvación posible, ante la perspectiva de una vida de miseria, enfermedades y pobreza, a la que sin duda estarían condenadas en sus países de origen. Por eso están dispuestas a soportar lo que sea con tal de huir al primer mundo.
En el ambiente de miedo y terror en que viven, no es de extrañar que se vuelvan profundamente supersticiosas y acudan a brujos, videntes y adivinos, en busca de una protección mágica contra el pánico en el que se desarrolla su terrible existencia. Y aquella adicción a videntes, que en muchos casos llega a convertirse en una auténtica dependencia, hace que muchos farsantes sin escrúpulos se aprovechen de las prostitutas para sacarles el dinero.
Además de ese documento, de incalculable valor periodístico, ese mediodía conseguí otro elemento interesante. Una de aquellas chicas, obsesionada por el «mal de ojo», había caído en las garras de una «meiga», que le había estafado ya más de 400.000 pesetas. Para protegerla de los supuestos hechizos y de la mala suerte, le vendía una especie de «amuletos mágicos», dos de los cuales me facilitó. Al abrirlos, descubrimos que en aquel saquito de tela tan sólo había unas fotocopias de un libro de magia, una página de la Biblia y unas semillas. Pero la bruja le había cobrado a la joven, quien por cierto en Colombia había ganado un premio de Miss Turismo y había realizado varios spots televisivos, la friolera de 20.000 pesetas por cada uno, además de cobrar aparte los rituales y las ceremonias mágicas. Aún no tenía ni idea de que, muy cerca de allí, en Vigo, existía una vidente que había llegado a crear una especie de secta compuesta únicamente por prostitutas, a las que llegaba a estafar sumas millonarias...
La esclava de Cambre
De todos modos, mi recopilación de horrores en aquel viaje todavía no había concluido, el mayor espanto estaba por llegar. Aproveché mi estancia en la ciudad para entrevistarme con David Vidal, presidente de la organización no gubernamental llamada INMIGRA.COM. Su nombre había salido a colación en varias ocasiones durante mis conversaciones con prostitutas o con especialistas en el fenómeno de la prostitución.
David Vidal lleva años trabajando a favor de los inmigrantes y por su asociación han pasado los casos más terribles y dramáticos.
Hemos charlado juntos durante muchas horas a lo largo de los diferentes viajes a Galicia y por él conocí todo tipo de anécdotas, como, por ejemplo, aquella ocasión en que incluyó una encuesta en su página web en tomo a las soluciones que se podría dar al problema de la inmigración ilegal.
—Recibí miles de e-mails de grupos neonazis amenazándome con todo tipo de cosas. Y el contador de la página se volvió loco con la cantidad de visitas que tenía esos días para votar en la encuesta. Naturalmente, todos votaban que habría que expulsar a todos los inmigrantes de España, de forma inmediata. La verdad es que les debo a los neonazis la mayoría de visitas a mi página.
Evidentemente, David no sabía que estaba hablando con uno de los neonazis que había participado en aquella campaña, porque durante mi infiltración en los skinheads había recibido, de grupos como CEI o Nuevo Orden, la indicación de entrar en aquella página web todas las veces posibles, para votar a favor de la expulsión de los inmigrantes. Incluso había aprovechado su foro para dejar algún mensaje que reforzase la identidad de Tiger 88 de cara a los camaradas que sabía visitaban la página frecuentemente. Lo que nunca pude imaginar es que llegase a conocer al propietario de aquel portal de Internet, aunque por razones bien distintas.
De entre todos los casos terribles que David me relató sobre el mundo de la prostitución, uno de ellos destaca merecidamente. Se trata de la historia de la esclava de Cambre.
La esclavitud fue oficialmente abolida en España el 13 de febrero de 188o. Pero sólo oficialmente. Históricamente, hasta ese día, España había sido, junto con Portugal y Holanda, uno de los principales responsables de la trata de esclavos que poblaron de africanos las plantaciones de azúcar y algodón de las colonias americanas. Durante siglos, los barcos negreros exportaban mano de obra y muñecas sexuales para los civilizados y educados hombres blancos, católicos y pudientes, del Nuevo Mundo. Lo que no aparece en los libros de texto que educan a nuestros niños es que en la España del siglo XXI la esclavitud sigue existiendo. La terrible historia de Grace M. A. es una prueba fehaciente de ello.
—Grace nació en Benin City —me explica David Vidal mientras compartimos una taza de café en su domicilio coruñés—, como la mayoría de nigerianas que terminan ejerciendo la prostitución en España. Vino siendo ya un poco mayor. Normalmente las mafias las traen más jóvenes, incluso siendo menores, pero ella tenía treinta y un años cuando llegó a España. Aunque nunca quiso tocar el tema, como ocurre con la mayoría de las supersticiosas nigerianas, seguramente tuvo que pasar por los trámites habituales, es decir, someterse a una terrorífica sesión de vudú donde le arrancaron vello pubico, uñas, sangre y todo lo que utilizan para fabricar el body, con el que después su sponsor y más tarde su madame o su master la tendrían controlada. El caso es que aceptó el compromiso de tener que pagar a la mafia que la trajo una deuda de 30.000 dólares, unos cinco millones y medio de pesetas. Las pobres se creen que en Europa el dinero cae de los árboles y que en un par de meses trabajando como prostitutas podrán pagar la deuda y ser libres. Pero todas están engañadas.
—¿Entró en patera? —No, en esto tuvo más suerte que muchas compatriotas. Ella hizo el viaje en avión, en 1996. Su connection-man se ocupó de conseguirle un pasaporte falso, un visado y un billete de avión. Una vez en España, la pusieron a trabajar, como a todas, de prostíbulo en prostíbulo, y así la conoció Carlos López.
Carlos López Touzón, según averiguaciones posteriores, era un putero tan veterano como Paulino o Jesús. Nacido en Monforte de Lemos, provincia de Lugo, a sus cincuenta y tantos años conocía perfectamente cómo funcionaba el mundo de la prostitución, y era un personaje apreciado por los propietarios de los burdeles gallegos. Se dejaba mucho dinero en rameras e incluso había trabajado como relaciones públicas en los de los clubes de la zona Teixeiro-Santiago. Ya había tenido roces con la justicia, lo que siempre inspira confianza a los traficantes, y al menos en dos ocasiones, había sido detenido por apropiación indebida. Así que cuando, en igg8, conoció a Grace, que utilizaba el nombre de Mery en los ambientes de alterne, sabía perfectamente lo que tenía que hacer para conseguir su esclava personal.
Según mis averiguaciones, se conocieron en un prostíbulo de Lugo en 1998. Para entonces, ella ya había pagado unos 16.800 dólares de su deuda. Carlos López se encaprichó de Mery y convenció al proxeneta para que se la vendiese. Como era un conocido del club de hacía muchos años, no tuvo ningún problema. Una vez que compras a una nigeriana, eres su dueño para hacer con ella lo que quieras... y eso mismo hizo él. Parece que consiguió engatusarla haciéndola creer que iba a darle su libertad, porque ella llegó a solicitar una partida de nacimiento en la embajada de Nigeria en Madrid, con la intención de contraer matrimonio. Pero era todo mentira. Cuando se aburrió de Mery, la puso a trabajar en un burdel de Arteixo, el Barón, pero como Carlos era un tipo muy conflictivo, un chulo de los de la vieja escuela, acabó teniendo problemas con el dueño del garito que terminó echándolos.
—En el año 2000 —prosigue David— Carlos alquiló un bar en Cambre llamado La Orensana. En realidad, anteriormente ya había alquilado otro llamado Monforte, al lado de la estación de trenes de A Coruña, pero siempre estaba lleno de puteros y de gente problemática y el dueño terminó echando a Carlos a la calle; aunque antes de aquello, Mery hizo amistad con una chica keniata que fue, junto a su novio, quien denunció su situación. En definitiva, Carlos alquiló La Orensana y allí tenía a su esclava encerrada en la cocina, como un animal. Cuando le apetecía echar un polvo, lo hacía, aunque ella al final ya estaba muy débil y apenas podía soportarlo. Alguna vez algún vecino de Cambre la veía de reojo en la trastienda del bar, ya que apenas la dejaba atender en la barra.
—¿Y cómo descubristeis el asunto? —En realidad, una pura casualidad. Conocimos a una pareja de amigos de la víctima, en la calle, los cuales, tomando un café, manifestaron el temor de que ésta estuviese en peligro.
La amiga keniata que fue a visitarla la encontró un día medio muerta. Al parecer, Carlos le quitaba con frecuencia el pasaporte y amenazaba con matarla si se escapaba, pero desde el mes de abril, la chica se encontraba fatal, estaba muy enferma y apenas comía. Cuando la amiga de Mery y su novio avisaron a INMIGRACOM, David se puso en contacto con la Guardia Civil de Oleiros, y una vez que sus amigos hubieron prestado declaración, fueron a liberarla.
Podía sentir, a medida que David profundizaba en su relato, cómo mi corazón latía cada vez más y más deprisa. Cómo se aceleraba mi respiración al tiempo que crecía mi indignación y mi rabia. Por desgracia, todavía existen muchos Carlos López en España.
—Cuando llegamos allí con la Guardia Civil, yo fui el primero en entrar. La encontramos tirada en la cocina del bar, un cuartucho sin ventanas, sucio y de no más de seis metros cuadrados. Dormía en unas planchas de poliespán colocadas sobre tres sillas en fila, que le servían de cama. Se cubría con una manta mugrienta, sin sábanas. Y cuando entramos, apenas podía hablar ni tampoco caminar sola. A mí me recordó al zulo donde tenía ETA a Ortega Lara. Daba miedo. Se la llevaron en ambulancia rápidamente al servicio de urgencias del Hospital Juan Canalejo. Días más tarde, el médico que la atendía me dijo personalmente que si hubiésemos tardado unos días más, probablemente habría muerto.
—¿Y en qué quedó la historia? —Te puedes imaginar el escándalo que se montó aquí. Salimos en todos los periódicos y televisiones del país, a pesar de intentar escondemos. Pero Carlos salió mucho mejor parado de lo que pensábamos. El juez le puso 500.000 pesetas de fianza, las pagó y salió a la calle. Y mientras Mery estaba todavía ingresada, según ella nos dijo, mandó a un amigo de confianza para que la visitase en el hospital, haciéndose pasar por un conocido de la chica. No sabemos lo que le dijo, quizá la asustó, o la amenazó, no lo sé. Pero al salir del hospital, volvió con él.
—¿Qué?
—Que volvió con él. Tiene cierta lógica. Piensa que estas chicas vienen a Europa solas, sin conocer el idioma, la cultura ni las costumbres. No tienen amigos ni dinero. Son carne de cañón. La inmensa mayoría están condenadas a la desgracia en cuanto pisan Europa. ¿A qué otro lugar podía ir? Se demostró que los servicios asistenciales de la Xunta no estaban preparados para una contingencia así. Y Carlos, con todo, parecía ser un alma gemela en cierto sentido fatalista. Una esclava pero, eso sí, por paradójico que parezca, un tipo de esclava de las que parecen necesitar a un amo. Aunque nunca llegué a entenderlo, recuerda al binomio macarra—prostituta de la vieja escuela, formando una simbiosis de la ayuda entre marginales o desesperados.
Para cuando dejé Galicia, camino de Barcelona, no podía sacar de mi mente la terrible historia de Grace M. A., alias Mery. Más tarde supe que Carlos López había muerto de sida poco tiempo después, pero nadie pudo decirme qué fue de su esclava una vez fallecido su dueño. Tal vez continúe ejerciendo la prostitución en algún tugurio de carretera. Quizá haya conseguido emparejarse con algún español que la trate un poco mejor que su amo y la deje dormir en una cama, y no en una plancha de poliespán en la cocina. 0 tal vez haya muerto, en silencio, como vivió. Sin hacer ruido para no llamar la atención. Atorada por el miedo. Como decía la Pisano: «... Sin una oración, sin una flor, de la peor de las maneras ... ».
Lo peor de todo es que España está repleta de Graces y yo iba a conocer a muchas de ellas. Maldije al género masculino, y sentí vergüenza de ser hombre. Todavía la siento.
La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social.
Constitución Española, art.10-1
Regresé a Vigo con la intención de volver a encontrarme con Loveth. Necesitaba más información sobre Susy para saber cómo afrontar el caso y averiguar la mejor manera de llegar a Sunny, pero llegué tarde. Lo de que me había estado esperando la noche que nos conocimos, por indicación de ALECRIN, era cierto. Según me explicaron, al día siguiente dejó el club, donde no conseguía el dinero suficiente para abonar su deuda y se fue a probar fortuna en un prostíbulo francés. Maldije mi suerte. Sin embargo, podía intentarlo con otras nigerianas que abundan tanto en los prostíbulos gallegos, como en el resto de los burdeles del país. Esa misma noche me ocurrirían cosas sorprendentes y conocería una de las historias más duras y terribles con que me he encontrado en mi descenso a los infiernos de la prostitución.
Fue un encuentro total, completa y absolutamente casual. Conducía de Vigo hacia Santiago, donde debería reunirme con Juan a la mañana siguiente. Recuerdo que era viernes noche. Entré en Pontevedra por el sur y me perdí. No conseguía encontrar la carretera de Santiago, así que di varias vueltas por las calles pontevedresas en busca de la salida norte y, de pronto, en plena madrugada, me encontré con una joven que me hacía señas desde la acera.
Pensé que podía preguntarle la dirección hacia Santiago, ya que a esas horas no hay mucha gente a quien pedir una indicación por las calles de Pontevedra, así que acerqué el coche y bajé la ventanilla. Se trataba de una joven que aparentaba veintitantos años. Vestía una minifalda muy mini y unos zapatos de tacón que estilizaban sus piernas largas y bien torneadas. A cierta distancia parecía una joven muy atractiva, y seguramente lo fue algún día, pero al acercarse a la ventanilla del coche pude ver su rostro completamente demacrado. Tenía la cara llena de manchas y pequeñas cicatrices, y recuerdo que lo primero que pensé es que debía de tener sida. Y posiblemente así era.
—Hola, perdona, ¿puedes indicarme cómo salir hacia Santiago? —Claro, yo te digo por dónde ir, pero ¿tú puedes acercarme a mí a la estación de autobuses?
—Trato hecho. Doy mi palabra de que en aquel momento no tenía ni idea de con quién estaba. Pensé que se trataba de alguna chica que había salido de la discoteca y se dirigía a su domicilio. Ni siquiera se me pasó por la cabeza la idea de que una mujer, tan profundamente deteriorada, pudiese ser una profesional del sexo. Por eso, cuando apoyó su mano en mi rodilla y me dijo si ya sabía a qué se dedicaba, reaccioné como un estúpido.
—Pues... no sé... ¿Estudias? Aquella joven se echó a reír. Fue la primera y penúltima vez que pude disfrutar de su sonrisa y por todo lo que supe después, creo que hacía un montón de tiempo que no sonreía. No me dio muchas opciones para adivinar su oficio, porque rápidamente me soltó a quemarropa: «Soy una puta». Es curioso cómo las cosas vienen a ti cuando estás en sintonía con ellas.
Terminamos tomando un café en una cervecería del centro de Pontevedra, charlando sobre todo tipo de temas. Ella había sido cantante y había actuado en muchas ocasiones en la Televisión de Galicia. De hecho, había trabajado con Juan Pardo y, aunque a una escala muy humilde, en realidad sería la primera «famosa» dedicada a la prostitución que iba a conocer en mi investigación. Tenía una hija, que vivía con sus abuelos en Vigo, y era profundamente desgraciada.
Dijo llamarse M4 Carmen R. C., y me contó una historia terrible. Su madre acababa de morir, víctima de una sobredosis, y ella decía desear la muerte. La menor de tres hermanas, aseguraba que todas ellas habían sido violadas desde niñas, desembocando en la prostitución. Ignoro si mentía.
—¿Tú no te acuerdas del chico que murió en Orense hace unos años, aplastado por una roca mientras se follaba a una gallina?
La verdad es que aquello del hombre sepultado por una roca mientras practicaba la zoofilia me sonaba familiar, pero la historia resultaba demasiado rocambolesca para ser cierta. Asentí con la cabeza.
—Pues ése era mi hermano, Herminio. Sólo días después, al consultar en Internet y en la hemeroteca de Madrid, descubriría varias noticias de prensa —como El Caso del 1 de octubre de 1990— en las que se relataba con todo detalle el kafkiano episodio del hombre que murió aplastado en Orense.
La joven no mentía y de esta forma, Mi Carmen me confió su historia personal, repleta de maltratos, violaciones y drogodependencias. Ella era la única de las tres hermanas que había conseguido salir de ese mundo, aunque sólo durante un periodo limitado de tiempo. Un matrimonio roto la hizo caer de nuevo en la drogadicción y de ahí pasó a la prostitución.
Charlamos durante un par de horas y cada episodio de la vida de aquella joven parecía más dramático que el anterior. Ningún hombre podría evitar que aflorase un paternal instinto protector con aquella chica, que inspiraba una profunda compasión. Me ofrecí a llevarla a su casa. Ya es tarde —le dije— y hoy no creo que puedas hacer ningún servicio, vámonos a dormir.
Me indicó el camino y no tardamos en llegar a un lugar sacado de la imaginación delirante de algún guionista de cine B. No se trataba de una casa, sino de un trastero en un bloque de edificios situado en la parte posterior de la Estación de Autobuses de Pontevedra. Allí ejercían su oficio y vivían varias prostitutas callejeras de la ciudad. Bajamos las escaleras en silencio para no despertar a sus «vecinas». Al abrir su trastero, me invadió un repugnante olor a orines y a humedad.
El lugar era siniestro y cuesta imaginar que algún hombre pueda hacer el amor en un sitio así, por muy excitado que esté. Aquel habitáculo apenas medía unos seis metros cuadrados. Un colchón tirado en el suelo y una caja de madera que hacía las veces de mesa de noche eran todo el mobiliario, exceptuando un viejo armario destartalado, con una de sus puertas colgando de una única bisagra.
Donde en otro tiempo se encontraron los cajones de aquel armario, ahora existía un espacio vacío que había sido habilitado como improvisada cuna de un gato moribundo, que Mil Carmen cuidaba con una devoción indescriptible. En cuanto entramos, tomó una jeringuilla con un poco de leche y la acercó a la boca del animal, que presentaba un aspecto verdaderamente lamentable. Una cicatriz le cruzaba la cara en diagonal y le faltaba un ojo. La cuenca vacía me miraba con la misma expectación con que yo contemplaba tan surrealista escena. No podía dar crédito a lo que me estaba sucediendo. Me sentía como el personaje de una pesadilla. Aquella situación almodovariana era completamente onírica, pero lo peor aún estaba por llegar.
Mientras alimentaba a aquella mascota, M” Carmen me contó que se la había encontrado tirada en la cuneta, un par de noches antes. Llegaba a ese picadero con un diente que, según ella, le había pedido un servicio especial que iba a pagarle muy bien —intuí que se trataba de una sesión de sadismo, dadas las cicatrices de su cuerpo—, pero en cuanto vio al animal se conmovió y lo recogió del asfalto. Al parecer, el diente se enfadó, porque prestaba más atención al minino moribundo que a sus demandas sexuales, pero a ella no le importó. Ojalá mi dominio del castellano fuese suficiente para transmitir al lector los sentimientos que me inspiraba aquella chica y su relato. Pero no soy tan buen escritor como para poder describir aquellos olores, aquel bochorno sofocante, aquella opresión en el corazón al participar de un episodio tan siniestro como esperpéntico.
De pronto me percaté de que, pegado a la pared, lucía un póster publicitario de una orquesta. Uno de esos grupos populares que tanto abundan en los pueblos españoles. Mi Carmen se dio cuenta de que aquella imagen había llamado mi atención y se levantó para señalar a la cantante del grupo, que posaba en la parte central de la fotografía. «Mira, ésta era yo antes de acabar así ... Actuamos con Juan Pardo muchas veces... Si me viese Juan ahora...»
El cambio físico era brutal, aunque podía reconocer fácilmente que la chica que estaba ante mí y la rolliza cantante de la orquesta eran la misma persona. Y aunque apenas habían transcurrido dos años entre la foto y el momento actual, la ex cantante parecía haber envejecido dos décadas al menos. Probablemente por los efectos de las drogas y las enfermedades. Fue entonces cuando se puso a llorar. Yo no sabía cómo reaccionar, ni qué hacer o decir, ni cómo consolarla. Volvió a recordarme que su madre había muerto de sobredosis y que ella deseaba morir también. En ese preciso momento decidió que necesitaba fumar una dosis de droga.
Tomó un bote que tenía sobre la improvisada mesilla y un mechero, y empezó a manipular un trozo de papel de plata. Confieso que soy un completo ignorante en el mundo de las drogas, así que le pregunté qué estaba haciendo. «Un chino —me dijo, Para ver si reviento de una puta vez.»
Estúpido de mí. Hasta ese día jamás había escuchado la expresión «chirio», así que pensé que quería decir «chiría». Y aunque mi conocimiento de las drogas es nulo, durante mi infiltración con grupos de extrema izquierda había fumado cientos de «chirías» de hachís y deduje que era a eso a lo que se refería. Mi ignorancia era superlativa. Por eso, en un arrebato de necio paternalismo, le propuse que nos la fumásemos a medias. Como si pudiese evitar, consumiendo la mitad del hachís, que se hiciese más daño del que se hacía a diario. Como si por compartir una toma pudiese evitar el riesgo de sobredosis que se cernía sobre ella cada noche. Como si, por aquel arrebato de egoísta caballerosidad, pudiese aliviar la enorme tristeza que me inspiraba aquella mujer. Fue una reacción absurda, pero no pude evitarlo. Supongo que de esa forma me sentía un poco menos culpable.
Yo observaba en silencio cómo manipulaba aquella sustancia, cómo la colocaba sobre el papel albal y la calentaba desde abajo con un mechero hasta evaporarla, y cómo la aspiraba con un billete enrollado a manera de tubo. Desde luego, aquello no era un porro y hasta un ignorante como yo se daba cuenta. Pero pensé que tal vez era una forma diferente de consumir las «chinas», así que no hice preguntas, y después de un par de caladas, le pedí que me lo pasase. En cuanto aspiré, recibí un golpe en el estómago. Aquel hachís era mucho más fuerte que todo el «chocolate» que yo había fumado en las casas okupas o en los locales anarquistas. Sin embargo, no protesté y seguí inhalando aquella «china» hasta que las arcadas y el mareo se empezaron a hacer insoportables.
—Joder con la «china», eh, qué costo más fuerte... —¿Costo? ¿Cómo que costo? ¿Qué «china»? Esto es un «chino» de heroína ——dijo la joven, que rompió en una maravillosa carcajada. Fue la última vez que la vi reír.
Me quedé boquiabierto. Aquella sustancia que estaba ingiriendo era heroína fumada. Un «chino». La ignorancia es muy osada, y yo soy muy osado. Le pedí a Mil Carmen que se acostase y me quedé con ella hasta que se durmió. Agradecida, me propuso hacerme un «francesito rápido y gratis» para que me fuese relajado. Naturalmente, rechacé su generoso ofrecimiento y cuando se quedó dormida, la arropé y me marché. Me costó verdaderos esfuerzos conseguir vomitar, y más aún, Regar hasta Santiago para reunirme con Juan por la mañana. Creo que estuvo riéndose de mí unos cuarenta minutos. La historia de aquella ex cantante, hermana de un violador de gallinas aplastado en pleno polvo animal, adicta a la heroína y rescatadora de gatos moribundos, le parecía desternillante. Aunque sin duda, lo que más gracia le produjo fue mi estupidez completa al confundir una «china» de hachís con un «chino» de heroína. Pero creo que mis ojeras y mi dolor de estómago mostraban a las claras que todo lo que le había contado, por increíble que pareciese, era rigurosamente cierto. Por eso se reía tanto de mí.
Lapidada en Madrid
Esa noche Juan me acompañaría a varios prostíbulos gallegos. En uno de ellos, cómo no, nos encontraríamos con Paulino realizando su ruta habitual, pero el mercenario de la información no quena ser presentado, así que esa noche me escurrí del putero más veterano de Galicia.
Juan había prometido que, si lo que buscaba eran historias dramáticas, él podía presentarme a un millón de furcias con dramas humanos iguales o mayores que los de Mil Carmen. Y no exageraba. Resultaba mucho más sencillo acceder a las fulanas a través de Juan o Paulino, a quienes, por razones bien distintas, consideraban personas de confianza. Sería demasiado extenso transcribir todas las terribles historias que conocí de labios de las prostitutas. Cada una de ellas podría ocupar un capítulo o un libro entero, porque todas las profesionales del sexo tienen un pasado atroz y terrible. Todas, o al menos la mayor parte, han sufrido en sus carnes episodios de tortura, humillación, violaciones, vejaciones, etc., digan lo que digan los honrados empresarios de ANELA. Algunas, desgraciadamente, no han sobrevivido para poder contarlo.
—Te apetece ver una redada en un puticlub? —me espetó de golpe Juan.
—Coño, claro.
—Mañana, a las 20:15 horas, la poli va a entrar en uno que no está demasiado lejos de aquí, el Lido. Si quieres, vamos, pero nada de cámaras.
—OK.
Así es como tuve la oportunidad de presenciar, en directo, una redada en un prostíbulo, Y precisamente en ese burdel, el Lido —que forma parte de la llamada «ruta del placer» junto a otros prostíbulos como el Casablanca o Los Cedros—, conocería la terrible historia de Helen, una historia dura y brutal como pocas, pero que a mí me serviría para conocer un poco mejor los métodos de las mafias africanas, a las que ya había iniciado un acercamiento. Helen está muerta. Fue asesinada. A mí me contó su historia Mery, una buena amiga de Juan, ex compañera en la Casa de Campo de la desafortunada, y que llegaría a convertirse también en una buena amiga y cómplice mía.
Según Mery, todo ocurrió en febrero de 1998, en el barrio de Vicálvaro de Madrid. Helen Igbinoba había nacido el día 17 de julio del año ig6o en Nigeria, pero llevaba ya varios años trabajando como prostituta en España. Sin embargo, poco antes de su triste final, fue vendida por su madame a otro master.
Helen ya había conseguido pagar, según sus cuentas, cuatro millones de pesetas de la deuda asumida para venir a Europa, pero para el nuevo master no era bastante. Friday E. 0., que así se llamaba su nuevo dueño, era un nigeriano dispuesto a amortizar al máximo su inversión en una nueva esclava sexual. Nacido en Benin City el día 20 de febrero de 1955, hijo de Zanko y Alice, titular del número de identificación de extranjero X-133I.... Friday tenía una amante habitual que hacía las veces de madame de sus fulanas. Se llamaba Esosa E., alias Otiti, había nacido en Benin City el día 12 de diciembre de 1972 y era hija de Azz. Según amigas de la víctima, Otiti pudo haber sido la inductora del triste desenlace.
Helen era sólo una de las muchas fulanas que Friday mantenía en su piso de la calle del General Ricardos de Madrid, pero fue la única que un día intentó rebelarse. Dijo que ya bastaba, que quería dejar de vender su cuerpo, pero su master no estaba dispuesto a permitírselo. Presuntamente contrató dos matones que la recogieron en la Casa de Campo, como si fuesen dos clientes más, y la violaron y golpearon repetidas veces. La noticia pasó desapercibida en la prensa, porque la violación de una ramera parece menos violación que la de cualquier otra mujer. Helen entendió la advertencia, y durante algunos meses volvió a convertirse en una esclava dócil y sumisa. Pero el asco acumulado, a fuerza de soportar las babas de los españoles que contrataban sus servicios, volvió a hacerse insoportable. Los españoles no somos ni más ni menos cerdos que cualquier otro tipo de cliente para las prostitutas. No es nada personal.
El día 24 de febrero de 1998, Helen dijo que ya no soportaba más aquella humillación y aquel sufrimiento. Había tenido que vivir un viaje atroz desde Nigeria para llegar a Europa en busca de una vida mejor, y sólo se había encontrado convertida en un títere sexual de los civilizados hombres blancos. Pero de nuevo, su propietario, que la había comprado para que le diese dinero, no estaba dispuesto a perder su inversión. Ante la negativa de Helen de volver a la Casa de Campo, según me narraba su amiga, presuntamente la arrastró hasta un descampado en la carretera de Vicálvaro a Mejorada del Campo cerca del kilómetro 1,500, donde la golpeó salvajemente con una piedra para después semiocultar el cuerpo, al menos el rostro de su víctima, con grandes rocas. Ni siquiera en su muerte la pobre nigeriana dejaría de sufrir. La torpeza del traficante asesino, que no remató la faena, según relataban todas sus compañeras, hizo que Helen aún estuviese viva en el momento de ser abandonada. Murió sola, e imagino que desangrada, aterrorizada y desesperada.
Friday fue absuelto finalmente por falta de pruebas y simplemente extraditado a Nigeria. Helen se convirtió en un número más en las frías estadísticas policiales. Otra fulana muerta, enterrada en una fosa común sin nombre. Recordé lo que me había dicho Isabel Pisano: «... Un cuerpo desmembrado en la morgue. No tiene nombre, ni cabeza, ni huellas digitales, ni nada. Es alguien que se va sin una oración, sin una flor, de la peor de las maneras ... ».
Desde el londinense Jack el Destripador, hasta el valenciano Joaquín Ferrandis, las prostitutas han sido las víctimas perfectas para los mayores asesinos en serie de la historia. E incluso para los más torpes aprendices de criminal. Las putas mueren mejor que nadie, porque a nadie le importa su muerte. Y Helen fue el enésimo ejemplo de esa cruel desidia homicida. Tendría gracia si no fuese tan dramático: Helen huyó de Nigeria, donde las mujeres adúlteras son lapidadas, para morir del mismo modo en una capital europea. A veces parece imposible huir del destino...
Mery apenas había terminado de relatarme la atroz historia de Helen, cuando Juan me dio una patada por debajo de la barra, reclamando m¡ atención hacia la entrada del local. En ese instante, un grupo de hombres, vestidos de paisano, entraba en el Lido. Eran exactamente las ocho y cuarto de la tarde. La policía había sido puntual.
Los agentes exhibieron sus placas y pidieron a todas las chicas que se apiñasen al fondo del local para ser identificadas. Todas obedecieron, menos una colombiana que se agazapó a mis pies, entre el odia dejar taburete en el que yo estaba sentado y el de Juan. Él no podía dejar de reír. Imagino que mi cara de pánfilo era muy elocuente. Una vez más, en esta investigación, no supe cómo reaccionar. Supongo que mi deber era advertir a los agentes de que se les había escapado una de las fulanas, pero no lo hice.
Entonces me di cuenta de que, por increíble que parezca, aquella colombiana agachada a mis pies estaba rezando... ¡a Lucifer! PO, si todavía no tenía claro que en el mundo de la prostitución pueden encontrarse los episodios más insólitos y pintorescos, aquél era un nuevo ejemplo. Esta chica estaba suplicándole a Lucifer que la protegiese de la Policía. «Lucifer mío, Lucifer mío, ayúdame y te ayudaré»... ¡Y la ayudó!
Permanecimos en el local, acabándonos nuestras copas, como si la redada no fuese con nosotros, y poco a poco, mientras iban siendo identificadas una por una, las jóvenes volvían gradualmente al bar. Cuando había ya unas ocho o diez en la sala, la colombiana «satánica» salió de su escondite y se unió a las demás. Mientras, Juan —sospecho que el verdadero responsable de aquella redada— me ponía en antecedentes sobre lo que estaba ocurriendo.
—Ahora van a proceder al registro y van a trincar al encargado, Joachim Sclímitt, alias Joaquín el Alemán. A éste te habría gustado conocerlo. Varias chicas colombianas lo han denunciado por traerlas ilegalmente, amenazarlas y coaccionarlas para ejercer la prostitución. Después, detendrán a Miguel Ángel Díaz Gómez, porque según las chicas era el que les daba «el paseíllo».
—¿«El paseíllo»? —Buff, lo que te queda por aprender... ¡El «paseíllo»! 0 sea, que las cogía, les daba dos hostias y las llevaba a un descampado donde les enseñaba una pistola y unas esposas y las acojonaba un poco para que se portasen bien. Hace seis meses ya le habíamos pillado por importar colombianas y revenderlas en España a los dueños de los puticlubs de esta zona.
—Pero, tú estás de coña. ¡Cómo van a vender mujeres en España en pleno siglo XXI! La esclavitud se abolió hace siglo y medio.
—Pero qué ingenuo eres ——dijo Juan entre carcajadas—. ¿Y tú te vas a infiltrar en las mafias? Te van a dejar el culo como un bebedero de patos como seas tan pringado. ¡Claro que se compran y se venden mujeres en España! Lo que pasa es que a nadie le importa y nadie hace nada.
—¿Tú crees que sería posible demostrarlo? ¿Podría yo comprar Una Mujer en España?
—Lo dudo. Mucho te lo vas a tener que currar para poder pasar por un traficante y conseguir que hablen contigo los mafiosos. Pero si lo consigues, sin que te peguen un tiro, te pago yo una cena y Un Polvo.
Acepté el reto, más por orgullo que por interés en el premio, y antes de abandonar el local, pedí a la colombiana que invocaba a Lucifer su número de teléfono. Sabía que me debía un favor por no haberla delatado y me lo dio. Al día siguiente volvería a verla, pero esta vez fuera del local. Cuando salimos, pedí permiso a Juan para tomar unas imágenes de los coches de Policía aparcados frente al Lido durante la detención de El Alemán, y me lo concedió a cambio de que borrase las matrículas de los coches de policía si publicaba la foto. Nuestro pacto es que sólo grabaría cuando él me lo autorizase, y siempre respeté ese trato. Después, continuamos nuestra ruta de burdel en burdel.
A la mañana siguiente, telefoneé a la chica del Lido para invitarla a comer. Se presentó con una compañera nigeriana llamada Cinthya, que terminaría siendo una de mis mejores amigas en ese mundo, y gracias a ellas conocí muchos más detalles de las trastiendas de la prostitución. Hasta el extremo de que, en una ocasión, llegó a confiarme un sobre con más de 600 euros para que yo lo ingresase en una sucursal de Caja Madrid, en la cuenta 2038-19-2829-3000334... a nombre de Janet James, su madame...
De todas las informaciones que me facilitaron, hay una que destaca por encima de las demás. Se trata de un documento escalofriante. Es el contrato que muchos master y madames obligan a firmar a sus zorras, y utilizo esta expresión para ilustrar la naturaleza animal que los proxenetas confieren a sus rameras, negándoles su condición humana y despersonalizándolas totalmente.
Sólo por el hecho de haber conseguido uno de estos documentos, todos los esfuerzos habían valido la pena. No añadiré nada más. Me limito a reproducir el texto de estos escalofriantes contratos, redactados en inglés y castellano, por los que las prostitutas otorgan a sus chulos el derecho a acabar con su vida, o con la de sus familiares, si son desobedientes, si acuden a la Policía o si se niegan a pagar la deuda que asumen para poder venir a Europa:
Un acuerdo:
Yo .................... con fecha ................. prometo pagar la suma de $40.000 dólares (cuarenta mil dólares) la suma que tengo que pagar a mi tía Iveve Osarenkhoc es de $43.000 dólares (cuarenta y tres mil dólares)
Yo .................... declaro que no voy a fallar las normas y no voy a contar nada a la Policía, hasta que la cantidad completa es pagada. Si yo fallo las normas, tía Iveve Osarenkhoc tiene el derecho de matarme a mí y a mi familia en Nigeria. Mi vida es equivalente a la suma que debo a mí madam Iveve Osarenkhoe: (mi señora)
Yo ................... declaro que este acuerdo me es explicado en mi dialecto y que lo comprendo completamente. Que va a ser destruido después de que pague la suma total.
Firma del contratante contratado
Espeluznante, pero profundamente revelador. Estos contratos prueban que el miedo y el pánico son la principal herramienta de trabajo para las mafias del tráfico de mujeres. Lo terrorífico es que las jóvenes llegasen a firmar esos contratos para poder venir a Europa, en unas condiciones infrahumanas. ¿Cómo es posible que acepten estoicamente todo este sufrimiento, esta vida sumida en el terror, tan sólo para venir al primer mundo a seguir sufriendo? Aún tardaría en comprender que, para muchas de ellas, los proxenetas y las mafias de la prostitución son considerados como la única salvación posible, ante la perspectiva de una vida de miseria, enfermedades y pobreza, a la que sin duda estarían condenadas en sus países de origen. Por eso están dispuestas a soportar lo que sea con tal de huir al primer mundo.
En el ambiente de miedo y terror en que viven, no es de extrañar que se vuelvan profundamente supersticiosas y acudan a brujos, videntes y adivinos, en busca de una protección mágica contra el pánico en el que se desarrolla su terrible existencia. Y aquella adicción a videntes, que en muchos casos llega a convertirse en una auténtica dependencia, hace que muchos farsantes sin escrúpulos se aprovechen de las prostitutas para sacarles el dinero.
Además de ese documento, de incalculable valor periodístico, ese mediodía conseguí otro elemento interesante. Una de aquellas chicas, obsesionada por el «mal de ojo», había caído en las garras de una «meiga», que le había estafado ya más de 400.000 pesetas. Para protegerla de los supuestos hechizos y de la mala suerte, le vendía una especie de «amuletos mágicos», dos de los cuales me facilitó. Al abrirlos, descubrimos que en aquel saquito de tela tan sólo había unas fotocopias de un libro de magia, una página de la Biblia y unas semillas. Pero la bruja le había cobrado a la joven, quien por cierto en Colombia había ganado un premio de Miss Turismo y había realizado varios spots televisivos, la friolera de 20.000 pesetas por cada uno, además de cobrar aparte los rituales y las ceremonias mágicas. Aún no tenía ni idea de que, muy cerca de allí, en Vigo, existía una vidente que había llegado a crear una especie de secta compuesta únicamente por prostitutas, a las que llegaba a estafar sumas millonarias...
La esclava de Cambre
De todos modos, mi recopilación de horrores en aquel viaje todavía no había concluido, el mayor espanto estaba por llegar. Aproveché mi estancia en la ciudad para entrevistarme con David Vidal, presidente de la organización no gubernamental llamada INMIGRA.COM. Su nombre había salido a colación en varias ocasiones durante mis conversaciones con prostitutas o con especialistas en el fenómeno de la prostitución.
David Vidal lleva años trabajando a favor de los inmigrantes y por su asociación han pasado los casos más terribles y dramáticos.
Hemos charlado juntos durante muchas horas a lo largo de los diferentes viajes a Galicia y por él conocí todo tipo de anécdotas, como, por ejemplo, aquella ocasión en que incluyó una encuesta en su página web en tomo a las soluciones que se podría dar al problema de la inmigración ilegal.
—Recibí miles de e-mails de grupos neonazis amenazándome con todo tipo de cosas. Y el contador de la página se volvió loco con la cantidad de visitas que tenía esos días para votar en la encuesta. Naturalmente, todos votaban que habría que expulsar a todos los inmigrantes de España, de forma inmediata. La verdad es que les debo a los neonazis la mayoría de visitas a mi página.
Evidentemente, David no sabía que estaba hablando con uno de los neonazis que había participado en aquella campaña, porque durante mi infiltración en los skinheads había recibido, de grupos como CEI o Nuevo Orden, la indicación de entrar en aquella página web todas las veces posibles, para votar a favor de la expulsión de los inmigrantes. Incluso había aprovechado su foro para dejar algún mensaje que reforzase la identidad de Tiger 88 de cara a los camaradas que sabía visitaban la página frecuentemente. Lo que nunca pude imaginar es que llegase a conocer al propietario de aquel portal de Internet, aunque por razones bien distintas.
De entre todos los casos terribles que David me relató sobre el mundo de la prostitución, uno de ellos destaca merecidamente. Se trata de la historia de la esclava de Cambre.
La esclavitud fue oficialmente abolida en España el 13 de febrero de 188o. Pero sólo oficialmente. Históricamente, hasta ese día, España había sido, junto con Portugal y Holanda, uno de los principales responsables de la trata de esclavos que poblaron de africanos las plantaciones de azúcar y algodón de las colonias americanas. Durante siglos, los barcos negreros exportaban mano de obra y muñecas sexuales para los civilizados y educados hombres blancos, católicos y pudientes, del Nuevo Mundo. Lo que no aparece en los libros de texto que educan a nuestros niños es que en la España del siglo XXI la esclavitud sigue existiendo. La terrible historia de Grace M. A. es una prueba fehaciente de ello.
—Grace nació en Benin City —me explica David Vidal mientras compartimos una taza de café en su domicilio coruñés—, como la mayoría de nigerianas que terminan ejerciendo la prostitución en España. Vino siendo ya un poco mayor. Normalmente las mafias las traen más jóvenes, incluso siendo menores, pero ella tenía treinta y un años cuando llegó a España. Aunque nunca quiso tocar el tema, como ocurre con la mayoría de las supersticiosas nigerianas, seguramente tuvo que pasar por los trámites habituales, es decir, someterse a una terrorífica sesión de vudú donde le arrancaron vello pubico, uñas, sangre y todo lo que utilizan para fabricar el body, con el que después su sponsor y más tarde su madame o su master la tendrían controlada. El caso es que aceptó el compromiso de tener que pagar a la mafia que la trajo una deuda de 30.000 dólares, unos cinco millones y medio de pesetas. Las pobres se creen que en Europa el dinero cae de los árboles y que en un par de meses trabajando como prostitutas podrán pagar la deuda y ser libres. Pero todas están engañadas.
—¿Entró en patera? —No, en esto tuvo más suerte que muchas compatriotas. Ella hizo el viaje en avión, en 1996. Su connection-man se ocupó de conseguirle un pasaporte falso, un visado y un billete de avión. Una vez en España, la pusieron a trabajar, como a todas, de prostíbulo en prostíbulo, y así la conoció Carlos López.
Carlos López Touzón, según averiguaciones posteriores, era un putero tan veterano como Paulino o Jesús. Nacido en Monforte de Lemos, provincia de Lugo, a sus cincuenta y tantos años conocía perfectamente cómo funcionaba el mundo de la prostitución, y era un personaje apreciado por los propietarios de los burdeles gallegos. Se dejaba mucho dinero en rameras e incluso había trabajado como relaciones públicas en los de los clubes de la zona Teixeiro-Santiago. Ya había tenido roces con la justicia, lo que siempre inspira confianza a los traficantes, y al menos en dos ocasiones, había sido detenido por apropiación indebida. Así que cuando, en igg8, conoció a Grace, que utilizaba el nombre de Mery en los ambientes de alterne, sabía perfectamente lo que tenía que hacer para conseguir su esclava personal.
Según mis averiguaciones, se conocieron en un prostíbulo de Lugo en 1998. Para entonces, ella ya había pagado unos 16.800 dólares de su deuda. Carlos López se encaprichó de Mery y convenció al proxeneta para que se la vendiese. Como era un conocido del club de hacía muchos años, no tuvo ningún problema. Una vez que compras a una nigeriana, eres su dueño para hacer con ella lo que quieras... y eso mismo hizo él. Parece que consiguió engatusarla haciéndola creer que iba a darle su libertad, porque ella llegó a solicitar una partida de nacimiento en la embajada de Nigeria en Madrid, con la intención de contraer matrimonio. Pero era todo mentira. Cuando se aburrió de Mery, la puso a trabajar en un burdel de Arteixo, el Barón, pero como Carlos era un tipo muy conflictivo, un chulo de los de la vieja escuela, acabó teniendo problemas con el dueño del garito que terminó echándolos.
—En el año 2000 —prosigue David— Carlos alquiló un bar en Cambre llamado La Orensana. En realidad, anteriormente ya había alquilado otro llamado Monforte, al lado de la estación de trenes de A Coruña, pero siempre estaba lleno de puteros y de gente problemática y el dueño terminó echando a Carlos a la calle; aunque antes de aquello, Mery hizo amistad con una chica keniata que fue, junto a su novio, quien denunció su situación. En definitiva, Carlos alquiló La Orensana y allí tenía a su esclava encerrada en la cocina, como un animal. Cuando le apetecía echar un polvo, lo hacía, aunque ella al final ya estaba muy débil y apenas podía soportarlo. Alguna vez algún vecino de Cambre la veía de reojo en la trastienda del bar, ya que apenas la dejaba atender en la barra.
—¿Y cómo descubristeis el asunto? —En realidad, una pura casualidad. Conocimos a una pareja de amigos de la víctima, en la calle, los cuales, tomando un café, manifestaron el temor de que ésta estuviese en peligro.
La amiga keniata que fue a visitarla la encontró un día medio muerta. Al parecer, Carlos le quitaba con frecuencia el pasaporte y amenazaba con matarla si se escapaba, pero desde el mes de abril, la chica se encontraba fatal, estaba muy enferma y apenas comía. Cuando la amiga de Mery y su novio avisaron a INMIGRACOM, David se puso en contacto con la Guardia Civil de Oleiros, y una vez que sus amigos hubieron prestado declaración, fueron a liberarla.
Podía sentir, a medida que David profundizaba en su relato, cómo mi corazón latía cada vez más y más deprisa. Cómo se aceleraba mi respiración al tiempo que crecía mi indignación y mi rabia. Por desgracia, todavía existen muchos Carlos López en España.
—Cuando llegamos allí con la Guardia Civil, yo fui el primero en entrar. La encontramos tirada en la cocina del bar, un cuartucho sin ventanas, sucio y de no más de seis metros cuadrados. Dormía en unas planchas de poliespán colocadas sobre tres sillas en fila, que le servían de cama. Se cubría con una manta mugrienta, sin sábanas. Y cuando entramos, apenas podía hablar ni tampoco caminar sola. A mí me recordó al zulo donde tenía ETA a Ortega Lara. Daba miedo. Se la llevaron en ambulancia rápidamente al servicio de urgencias del Hospital Juan Canalejo. Días más tarde, el médico que la atendía me dijo personalmente que si hubiésemos tardado unos días más, probablemente habría muerto.
—¿Y en qué quedó la historia? —Te puedes imaginar el escándalo que se montó aquí. Salimos en todos los periódicos y televisiones del país, a pesar de intentar escondemos. Pero Carlos salió mucho mejor parado de lo que pensábamos. El juez le puso 500.000 pesetas de fianza, las pagó y salió a la calle. Y mientras Mery estaba todavía ingresada, según ella nos dijo, mandó a un amigo de confianza para que la visitase en el hospital, haciéndose pasar por un conocido de la chica. No sabemos lo que le dijo, quizá la asustó, o la amenazó, no lo sé. Pero al salir del hospital, volvió con él.
—¿Qué?
—Que volvió con él. Tiene cierta lógica. Piensa que estas chicas vienen a Europa solas, sin conocer el idioma, la cultura ni las costumbres. No tienen amigos ni dinero. Son carne de cañón. La inmensa mayoría están condenadas a la desgracia en cuanto pisan Europa. ¿A qué otro lugar podía ir? Se demostró que los servicios asistenciales de la Xunta no estaban preparados para una contingencia así. Y Carlos, con todo, parecía ser un alma gemela en cierto sentido fatalista. Una esclava pero, eso sí, por paradójico que parezca, un tipo de esclava de las que parecen necesitar a un amo. Aunque nunca llegué a entenderlo, recuerda al binomio macarra—prostituta de la vieja escuela, formando una simbiosis de la ayuda entre marginales o desesperados.
Para cuando dejé Galicia, camino de Barcelona, no podía sacar de mi mente la terrible historia de Grace M. A., alias Mery. Más tarde supe que Carlos López había muerto de sida poco tiempo después, pero nadie pudo decirme qué fue de su esclava una vez fallecido su dueño. Tal vez continúe ejerciendo la prostitución en algún tugurio de carretera. Quizá haya conseguido emparejarse con algún español que la trate un poco mejor que su amo y la deje dormir en una cama, y no en una plancha de poliespán en la cocina. 0 tal vez haya muerto, en silencio, como vivió. Sin hacer ruido para no llamar la atención. Atorada por el miedo. Como decía la Pisano: «... Sin una oración, sin una flor, de la peor de las maneras ... ».
Lo peor de todo es que España está repleta de Graces y yo iba a conocer a muchas de ellas. Maldije al género masculino, y sentí vergüenza de ser hombre. Todavía la siento.
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